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Capítulo 14: El Líquido Misterioso

A Record of a Mortal's Journey to Immortality·Capítulo 14 de 33·~6 min de lectura

Actualizado: 2026-08-08 11:05

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—¡Ah! —Han Li alzó una mano bien alto y apretó el puño, dejando escapar un grito de alegría.

En aquel momento su carácter de niño se mostraba por entero, sin traza de disimulo.

Su suposición había resultado evidentemente cierta: las puertas y ventanas cerradas estorbaban la capacidad de la botella para atraer los hilos de luz blanca. Solo en un terreno amplio y sin barreras la botella absorbía mejor la luz y podía formar un cúmulo de luz mayor. Aunque aún no supiera de dónde procedían aquellos hilos, ni para qué le servirían los diminutos puntos de luz que la botella engullía, estaba claro que había dado un gran paso hacia el desvelamiento del misterio.

Han Li sentía que estaba a punto de descifrar el secreto de la botella, y eso lo ponía más entusiasmado que nunca.

Solo cuando el cielo estuvo a punto de clarear, el resplandor que rodeaba a la botella se fue apagando poco a poco, hasta que la botella recuperó su quietud. Durante todo ese tiempo, Han Li observó sus transformaciones desde su lado, sin dejar de vigilar al mismo tiempo que nadie descubriera lo que ocurría allí.

Se inclinó, recogió la botella y la examinó.

Nada había cambiado respecto de antes; el tapón seguía clavado a muerte, y no se desprendía.

Han Li se sintió defraudado, pero viendo que se hacía de día, guardó a regañadientes la botella. Aún tenía que volver corriendo a la cámara de piedra para sentarse en meditación y cultivar.

Durante los días que siguieron, a cierta hora de cada noche, la botella producía el mismo espectáculo extraño. Innumerables hilos de luz, como polillas que se lanzan a la llama, eran atraídos hacia la botella y, a su vez, se convertían en multitud de diminutos puntos de luz que la botella devoraba ávidamente.

Justo cuando Han Li empezaba a creer que aquello volvería a ocurrir cada día, al octavo día sobrevino otro cambio.

Cuando Han Li llegó a su sitio de costumbre, sacó la botella y la colocó en su lugar, la absorción de los puntos de luz apenas duró un breve cuarto de hora antes de detenerse. Entonces, las vetas verde oscuro de la botella se encendieron de pronto en un deslumbrante fulgor verde, y en su superficie afloraron unos antiguos caracteres dorados y símbolos. Estos extraños caracteres eran de factura suave y trazos curiosos, y portaban en sí un indescriptible sabor de alta antigüedad, mientras no cesaban de centellear y errar por la faz de la botella.

Aquel espectáculo tan insólito duró apenas un instante antes de volver a desaparecer, dejando únicamente unos cuantos caracteres dorados que sobresalían de la superficie de la botella, como si todo hubiera regresado al punto del que había partido.

Tras haber presenciado tantos sucesos extraños en estos últimos días, Han Li ya no se asombraba de ellos tanto como al principio. Aunque en la botella ocurrieran cosas aún más peregrinas, ya no conseguirían dejarlo boquiabierto.

Tomó la botella con despreocupación y, casi sin pensarlo, probó a abrir la tapa.

Suavemente, sin esfuerzo alguno, el tapón se desprendió en su mano.

¡Increíble! Han Li se quedó mirando asombrado el tapón que tenía entre los dedos.

¿De verdad había resuelto tan sin esfuerzo, sin gastar treta ni ingenio alguno, aquella dificultad, aquel gran tormento que llevaba días sin poder resolver?

Cuando Han Li se cercioró de que lo que tenía ante los ojos era real, de que el secreto de la botella estaba ya ante su vista, no pudo contener ya la emoción de su corazón. Acercó el ojo a la boca de la botella y miró al interior.

Dentro de la botella, una diminuta gota de esmeralda, no mayor que un grano de soja, rodaba lentamente, tiñendo toda la pared de la botella de un verde brillante.

¿Qué era aquello?

Han Li se sintió más bien decepcionado. Después de tanto esfuerzo, no había obtenido sino una cosa tan insulsa.

Descorazonado, le puso el tapón a la botella, la guardó en su bolsa de cuero y se encaminó hacia su alojamiento, dejando que toda aquella emoción de hacía un instante se dispersara a los cuatro vientos.

Aunque el tapón se hubiera abierto por fin, el resultado lo dejaba plenamente insatisfecho.

Han Li decidió que, cuando no tuviera nada mejor que hacer, volvería a indagar el secreto de aquella gota verde. Quizá, con el tiempo, le deparara una pequeña sorpresa.

Lo que debía hacer ahora era volver y dormir bien, para reponer el sueño perdido. Todas esas noches no había descansado como debía, y su práctica de día había sufrido muchísimo por ello. Además, su ánimo decaído había despertado unas cuantas preguntas del Doctor Mo.

Desde que Han Li se convirtió en discípulo personal del Doctor Mo y rompió la primera capa de la Fórmula, había llegado a sentir que ya no tenía motivo alguno para seguir cultivándola. A eso se sumaba que los resultados de la práctica lo disgustaban tanto que no conseguía reunir ánimo para ello por mucho que lo intentara.

Por eso el Doctor Mo lo había reprendido con severidad por el asunto.

Pero cuando llegaba la hora de practicar, Han Li seguía somnoliento, apático, sin energía alguna.

Semejante estado de cosas llevó al Doctor Mo casi al borde de la exasperación, y durante una temporada llegó a preguntarse si no habría elegido al discípulo equivocado.

Al pensar en ello, Han Li se sentía a su vez un poco agraviado. No era que él quisiera estar así, sino que realmente no se encontraba en buena forma.

Lo que Han Li no podía haberse imaginado es que, en el mismo día en que despertó de aquel sueño, se entregaría de nuevo, por propia voluntad y con todo su corazón, a un frenesí de cultivo.

La razón de semejante vuelco no era sino unas cuantas palabras ligeras del Doctor Mo.

—Cada vez que lleves esta Fórmula a un nivel superior, duplicaré la plata que te pago cada mes —dijo el Doctor Mo, que al fin había visto el ansia de bienes en Han Li y había hallado el remedio desde la mismísima raíz. Con una sola frase sencilla, lo ató al carro de combate del cultivo desesperado.

En los días que siguieron, Han Li se esforzó con todas sus fuerzas por dominar el siguiente nivel de la Fórmula.

Cada día, del alba al mediodía, del mediodía al atardecer, entraba dos veces en la cámara de piedra y se sentaba en meditación y cultivo, llevando una vida monótona, repetida sin fin, y echando todo lo demás a la espalda.

Para que pudiera dedicarse con ánimo entero a su arte, sin que lo perturbara el mundo exterior, el Doctor Mo cerró por el momento todo el Valle de las Manos Espirituales a los de fuera, atendiendo y curando a los enfermos más allá de la entrada del valle, y procurando que Han Li no volviera a preocuparse ni siquiera de su ropa y su comida de cada día.

Y así, poco a poco, el asunto de la botella se fue borrando de la memoria de Han Li.

Fue el otoño y vino el invierno; pasó la primavera y llegó el verano.

En un abrir y cerrar de ojos, habían pasado cuatro años, y Han Li tenía catorce.

Se había hecho un muchacho moreno de piel, taciturno y resuelto, de los del campo. Visto de fuera, no se diferenciaba en nada de cualquier chico de una familia campesina ordinaria: igual de poco llamativo, ni gallardo y apuesto ni elegante y galante.

Se movía cada día entre la cámara de piedra y su alojamiento, de su alojamiento a la cámara de piedra, y de vez en cuando iba donde el Doctor Mo a aprender un poco de medicina y a hojear los diversos libros de sus aposentos. Y así todo el valle se convirtió en su mundo entero, y, a su debido tiempo, cultivó su Fórmula hasta el tercer nivel.

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