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Capítulo 28: El Regreso del Maestro al Valle

A Record of a Mortal's Journey to Immortality·Capítulo 28 de 33·~6 min de lectura

Actualizado: 2026-08-08 16:15

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En un principio, Han Li no pensaba componer las dos últimas medicinas, pues nada tenían que ver con el adelanto de su cultivo. Pero después de revolver el asunto por largo rato, reflexionó que él era, después de todo, mitad hombre del jianghu, y ¿quién podía decir si no le sobrevendría un día alguna desgracia del cielo o algún percance mortal, o si no sería arrastrado a las matanzas y las heridas del mundo errante? Mejor, pues, tener en aparejo un puñado de remedios raros contra el veneno y la herida, de suerte que si el tósigo o el acero lo derribaran, no hubiera de perecer por falta de una buena medicina, y fuera a su tumba por mano muy injusta.

Habiendo así razonado, Han Li se dio a componer un modesto depósito de las dos últimas medicinas, para llevarlas siempre a su lado contra aquel día imprevisto, pues un hombre no tiene sino una sola vida, y no deseaba morir antes de su hora. Le costó algo en la cantidad de las otras dos medicinas espirituales, y así el adelanto de la fórmula quedó un poco demorado; mas también esto no podía remediarse, pues no está hecho el mundo de modo que todos los bienes puedan tenerse de una vez, y en ciertas horas un hombre ha de escoger y contentarse con su elección.

En el mismo día en que quedaron acabadas, Han Li siguió el modo de tomarlas fijado en las recetas, y tragó de cada una una "Píldora del Dragón Amarillo" y una "Pella de Médula Dorada." Esas dos drogas, como era sólo de esperarse de tan incomparables remedios santos, eran más poderosas en su obrar de lo que lengua puede contar, y bajo aquella fuerza de su elixir abrióse paso aquella misma noche por el estancamiento, y así adiestró a la perfección la cuarta capa de la fórmula.

En cuanto alcanzó la cuarta capa, Han Li sintió una cosa del todo distinta de cuanto había conocido antes. Sus cinco sentidos, de una sola y terrible sacudida, fueron alzados a un reino que pasa de todo concebir. Cada objeto ante sus ojos se hizo de pronto tan brillante, tan claro, que las cosas más nimias, que antes no habría podido divisar, parecían de repente agrandadas y abiertas a su mirada; los delicados hilos de una telaraña tejida en el rincón de la cámara los discernía ahora hebra por hebra. Su oído, asimismo, se había vuelto de súbito tan agudo que pasa de creencia, y en sus oídos se vertía la noticia de toda suerte de sonidos, tanto de los ya oídos como de los jamás escuchados: el blando susurro de una lombriz que horadaba la tierra a una docena de pasos o más, el tenue zumbido de no sé qué insecto al volar ante la casa. Y un montón de extraños sabores que brotaban de repente le decían que su olfato, asimismo, ya no era lo que había sido.

Han Li estaba a la vez maravillado y regocijado, pues era la primera vez, en todo su practicar de la fórmula, que sentía que sus días de labor no se habían derrochado del todo en vano. En todas las capas anteriores sus sentidos se habían aguzado en verdad un poco, pero jamás había sido el cambio tan patente, tan vasto, como en la cuarta. En esto no era un ganar lento y gradual, sino un cambio de la misma índole de la cosa, como si hubiera sido enteramente rehecho en otro hombre. Fuera de esto, sentía su cuerpo mucho más ligero y ágil, y su espíritu había tomado un gran y duradero adelanto, de suerte que podía pasar tres o cinco días sin dormir y no sufrir gran daño. Puesto en pie sin moverse, podía saber todo cuanto pasaba, grande y pequeño, dentro de sesenta u ochenta pasos en rededor, y este poder de tener todas las cosas asidas dentro de su alcance lo llenaba de maravillado y embelesado deleite.

Ahora por fin entendió que cuatro capas enteras ganadas eran la verdadera y primera medida de un pequeño éxito en la fórmula. Y no podía menos de meditar que, si la cuarta capa traía tan inolvidable deleite, de qué maravillas no tendrían la promesa para él la quinta y la sexta.

Apenas había empezado Han Li a asir los portentos del arte, cuando su maestro en el nombre, el doctor Mo, volvió otra vez a su valle. Mas no volvió solo, sino que trajo consigo a un personaje extraño y secreto. Cuando el doctor Mo puso el pie en el Valle de las Manos Espirituales, Han Li oyó desde lejos el sonido de aquella tos familiar que conocía muy bien; a esa hora estaba sentado en su cámara de piedra en meditación, esforzándose por apretar aún una hebra más adelante. Notando el revuelo, se dio prisa en asentar su qi, salió de la cámara y se encaminó hacia la boca del valle, a rendir sus respetos a un maestro que no había visto hacía doce meses y más. Y fue allí, no lejos de la boca del valle, donde se topó con el doctor Mo y lo salió a recibir.

A la primera vista de él, Han Li dio un gran sobresalto. El hombre era el mismo hombre, es verdad, pero en su rostro se leía un mirar ceniciento y sin vida, sin mucha de la respiración o del espíritu que le quedara. Aun de antiguo su semblante había sido enfermizo y pálido, pero nunca había estado tan del todo quebrantado y gastado, como si el fin de sus días fuera ya cosa cierta y vecina. Mas más extraño aún, y más de maravillar, era que tras de él venía una figura misteriosa, la cabeza envuelta en un capuchón de negro, todo su cuerpo tan fuertemente ligado en una ancha túnica verde que no quedaba por ver ni el ancho de un dedo de su piel. Era la figura de estatura extraordinaria, alta y maciza, buena de dos cabezas más que Han Li, hecha como un titán de gigantes; mas por causa del capuchón no podía Han Li divisar su cara, aunque a oscuras adivinaba que su faz debía de ser feroz y terrible, y monstruosamente malhadada.

Han Li sofocó las preguntas que le agolpaban el pecho, y se apresuró a hacer su reverencia al doctor, y luego se puso respetuosamente al lado, aguardando la palabra del maestro. Sabía muy bien que al viejo no le importaba ni un ápice si su discípulo le mostraba cortesía y reverencia; mas por su propia parte, siendo su discípulo, debía cumplir las debidas formas de maestro y alumno, y no podía dejarlas ir a la ligera, no fuera que el doctor lo tomara por un mozo orgulloso y revoltoso, que sólo lo pondría en un estado aún más feo. Y de todo cuanto sabía del doctor Mo, y del cuidado que solía poner en el adelanto de su fórmula, adivinó que tras tan larga ausencia el doctor abriría con una pregunta sobre el progreso de su cultivo, para sondar cuán lejos había llegado Han Li.

Y así se probó. Cuando el doctor Mo vio a Han Li saliendo del valle a su encuentro, quedó un poco desconcertado, y luego tosió dos veces y preguntó, con una voz despojada de toda su fuerza: "¿Qué tal va tu práctica de la fórmula? ¿Ha adelantado siquiera un ápice?" Y en su cara asomó a la vez un mirar de ansiosa y esperanzada codicia. Pero Han Li tuvo aparejada su respuesta desde hacía tiempo, y devolvió tal como había planeado: "Sigue como siempre, sin gran cambio." Pues no tenía la menor intención de decirle al doctor el verdadero estado de su práctica, no pudiendo dar cuenta de tan milagroso paso, ni explicar cómo, sin auxilio exterior, hubiera saltado de pronto, como por maravilla, del comienzo de la tercera capa a la cuarta.

"Dame tu mano," dijo el doctor Mo, y se le ensombreció el rostro al hablar, y sus palabras se volvieron todas duras y tiesas. Han Li notó aquel cambio de cara con cuidado, y su corazón dio un súbito vuelco, y una leve zozobra se le deslizó por encima. Mas no temía que el doctor pusiera el dedo sobre su muñeca, para buscar y sondar el estado de su qi verdadero. Pues una vez entrado en la cuarta capa, Han Li había hallado, para su sorpresa, que podía gobernar a voluntad la medida de aquel extraño qi verdadero que llevaba dentro; podía mantenerlo a la fuerza que tuvo en la tercera capa, y así pasar con toda facilidad bajo la mirada del doctor, y escurrirse inadvertido ante cualquier examen de su maestro, sin temblar ante la mano que lo sondaba.

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