Han Li se volvió y echó a andar hacia la puerta. Al llegar al umbral, se dio de pronto la vuelta y soltó una pregunta más: "Ese compadre que se tenía siempre en pie tras las espaldas del doctor Mo, y que en todo este tiempo no ha proferido palabra alguna, ¿qué linaje de hombre es?"
Ante aquella pregunta tan súbita y desusada, el doctor Mo sonrió un poco y, con astucia ladina, respondió sin responder: "Tan perspicaz estás, que pues adivina, y juro que lo has de acertar sin dificultad."
Han Li meneó la cabeza y salió con despejo de la cámara del doctor Mo, sin que pudiera decirse si era que no sabía adivinarlo, o que no quería ni siquiera molestarse en intentarlo.
En cuanto Han Li puso el pie fuera de la puerta, su semblante se ensombreció hasta la penumbra más tétrica. En aquella pendencia con el doctor Mo no había ofrecido yo la menor resistencia antes de quedar prendido en un santiamén, lo que no probaba sino cuán bisoño seguía siendo él, que se había figurado poder parar el golpe por dos vueltas sirviéndose de su casquivana agudeza. Y para colmo, el frasco de agua de cinco venenos que había fabricado con tal sudor de ingenio jamás cumplió su oficio, pues se lo arrebataron antes de que pudiera servirlo. Debía volver a sus aposentos y cavilar con empeño cómo fortalecer sus propias fuerzas. Con tales pensamientos batiéndole el pecho, echó a andar a grandes zancadas hacia su morada, en modo alguno resignado a quedar así bajo el yugo del doctor Mo.
Dentro de la cámara, el doctor Mo se quedó boquiabierto contemplando el suelo de tablas, donde un agujero negro, grueso como un cuenco de arroz, había sido quemado de parte a parte. Pues instantes antes había disparado, con mano distraída, un tiro de prueba desde el cilindro de hierro, y el veneno que de él salió despedido había carcomido las tablas con facilidad despreocupada. Ante tan raro poder corrosivo, el doctor Mo ya no pudo contener el espanto que le trepaba al pecho; saltó en el aire y descargó un torrente de maldiciones: "¡Mocoso de mala ralea! ¿Cuándo aprendiste a brebajar semejante veneno? Jamás te enseñé cosa de esta suerte. Lo tenía yo por no más que un común polvo que tumba dormido a hombre y a dios. Tan cruel y despiadado es este bribón, que volvería el rostro contra su propio maestro sin pestañear."
Han Li, que nada sabía del susto que había dado al doctor Mo, volvió a su aposento, se tiró cuan largo era sobre su jergón y cayó en un sueño hondo y pesado; pues tan gran vuelco de fortuna le había agotado cuerpo y mente por igual, y le era menester descanso para reparar sus fuerzas.
Han Li tardó largo trecho en recobrar del todo el espíritu, y cuando al fin despertó de su sueño se incorporó y estudió el cielo. En el oriente asomaba un pálido destello de alba; así comprendió que era de mañana del día siguiente, y larga había sido la dormida. Con todo, no se levantó del lecho, sino que reclinó la barbilla sobre ambas manos, con los brazos apoyados en las rodillas, y se dio a cavilar cómo podría zafarse del apretón del doctor Mo.
Es evidente que dentro del año era él enteramente seguro; pues su maestro, por salvar su propia vida, no sólo le perdonaría sino que se afanaría con todas sus fuerzas por mantenerle incólume. Pero si pasaría todavía a salvo una vez consumado el año, ya es cosa que no podía decirse a la ligera.
De la Fórmula sin Nombre no tenía Han Li por qué inquietarse, pues apenas unos días atrás ya la había cultivado hasta el cuarto nivel, y de aquí a un año el quinto caería de seguro en su mano sin gran trabajo. El negocio de la Píldora del Gusano Cadáver era también fácil de allanar: con el tiempo, no tendría sino mostrarle a su maestro el progreso de su cultivo y, antes de que el otro esperara cura, amenazarle con retenerle el antídoto como prenda de trato; pues el viejo, por amor de su pellejo, no había de arriesgarse a ofenderle por cosa semejante.
Entonces, de repente, Han Li recordó algo. De su persona sacó un frasco de medicina y volcó de él una sola píldora de un verde de esmeralda, que tragó con la cabeza echada hacia atrás. Cuando el poder de la droga comenzó a obrar, se sentó en silencio y volvió su mirada al interior de su propio cuerpo.
"¡Ah!" murmuró entre dientes, medio riendo: "En esto de la Píldora del Gusano Cadáver no me ha engañado el viejo zorro Mo. Hasta este Polvo del Espíritu Claro, que deshace cien venenos del mundo, nada puede contra la cosa. De veras he de aguardar el año entero antes de poder arrancarle el antídoto." Dicho esto, guardó el frasco de nuevo en el seno, se levantó de la cama y bajó al suelo.
Se echó a rodear la única mesa que amueblaba el aposento, con las manos cruzadas a la espalda, revolviendo en la mente, mientras paseaba, las muchas preguntas que le asediaban. Y es que, en verdad, Han Li no creía del todo cuanto le había contado el doctor Mo, sabiendo bien que mucho de ello había de ser falso; mas aun sabiéndolo no podía resistirse, pues el viejo le tenía retenida a la familia como rehén.
Dudaba Han Li con harta razón de que el doctor Mo guardara de veras su palabra una vez pasado el año. Si la cosa fuera tan llana como el otro la había pintado, fácil sería de arreglar, y él no tendría por qué pelear en absoluto; pero temía que el hombre escondiera en su plan alguna parte que le fuera en daño, y se volviera contra él con mano cruel en llegando la sazón. Si no hiciera preparativo alguno, ¿no se quedaría sin el menor resquicio para defenderse?
Una y otra vez dio Han Li vueltas a la cosa en su cabeza, y no halló modo bueno de deshacerse de ella. Como estaban las cosas, ni él ni el doctor Mo podían estar tranquilos. El uno temía que el descuido de su cultivo le costara al viejo la mismísima vida; el otro temía que, una vez su maestro hubiera puesto aparte toda congoja, se le echara encima sin clemencia. En verdad podría él aún usar esto como un látigo para amenazar al viejo y hacerle temer moverse; mas como el adversario le había asido el nervio vital de su familia, no le quedaba sino encogerse y ceder a la necesidad.
"¿Pues acaso he de apostar mi propia vida a la palma de la mano ajena, y confiar en que el otro me muestre merced cuando llegue la hora?" Han Li estaba por perder el ánimo. Mas al instante derribó tal necedad. "No, jamás haré tal cosa. Mi propio destino no ha de colgar de un capricho ajeno. Dejar cuanto es mío en manos de otro es la más tonta idea que hombre alguno pueda acariciar."
Y sin embargo, tras exprimirse el cerebro hasta dolerle, dio Han Li al cabo con un plan que plan era, aunque nada heroico. Resolvió fortalecer su propia persona por muchos lados, y atesorar cuantos puntos pudiera urdir, de suerte que le infundieran respeto a su maestro; y si el hombre de veras quisiera golpearle, aún le quedaría algún resquicio para salvarse. Era un expediente tosco, que no podía sino plantarse a la defensiva y dejar que el primer golpe cayera sobre el enemigo; pero por el presente ningún otro camino se le abría, y éste, sin caer del todo mal, era el más prudente y atinado.
Tomada su resolución, decidió Han Li salir a dar un paseo. Empujó la puerta y salió al campo abierto ante su morada, se estiró perezosamente y soltó un bostezo enorme. De cara al viento matinal y punzante, fijó los ojos en el rojo sol que se alzaba a medias sobre el horizonte, y un arrojo heroico le hinchó el pecho: "Mi propio destino sólo puede estar en mi propia mano, y jamás hombre alguno habrá de mandarlo."