Unos días más tarde, cierta tarde, Han Li se escabulló de nuevo fuera del Valle de las Manos Espirituales, y fue a encontrarse con Li Feiyu.
Hablando con rigor, sin embargo, apenas era escabullirse. El Doctor Mo hacía tiempo que había venido a conocer a fondo la costumbre de Han Li de salir del valle, y sin embargo jamás le puso estorbo en ello, sino que le sufría ir y venir con perfecta libertad.
Esa política de no preguntar por él ni buscar detenerle había puesto, al principio mismo, un temor reptante en el corazón de Han Li. ¿Qué engranaje, se preguntaba, estaría el buen doctor volviendo secretamente en su cabeza? ¿Estaría sólo esperando su hora, o tendiendo alguna trampa invisible? Mas después de haber ido y venido a salvo varias veces, y de hallar que en verdad no se enviaba hombre alguno a sombrear sus pasos, su corazón quedó en gran medida aliviado, y se hizo lo bastante osado para atender a sus propios asuntos sin ulterior recelo.
Más tarde, después de largo y cuidadoso tanteo del asunto, Han Li vino por grados a alguna vislumbre de la razón por la que el otro era tan laxo con él. Pues el Doctor Mo, en así tolerar las libertades de Han Li, tenía sus propias y apretadas estrecheces que considerar.
Es verdad que ya había aplastado a Han Li bajo los dos grandes candados de la Píldora del Gusano Cadáver y de las vidas de su propia familia, de suerte que el mozo no osara cocear contra el aguijón. Con todo, el buen doctor sabía también que gobernar a un hombre por medios tan brutales era colmarle el pecho de rencor y resentimiento, y que un sirviente resentido no practica arte alguna de grado. Si además venía a encadenar al muchacho los propios ir y venir, no haría sino empujarle a mayor furia, y obrar el mismísimo revés de su designio. Pues el verdadero deseo del Doctor Mo no era sino éste: que Han Li se aplicara por su libre albedrío y con celo al Arte de la Juventud Eterna. No podía atar al mozo de pies y manos y forzarle por la fuerza el cultivo; eso fuera buscar la ruina.
Y así vino a ser que cuanto más claramente percibía Han Li todo el asunto en su causa y su consecuencia, más crecía su corazón en audacia. Donde antes había juzgado menester guardarse un tanto de la vista del Doctor Mo, y escabullirse con cautela fuera del valle por algún camino escondido, ahora echaba todos esos cuidados al viento. Sin palabra siquiera de licencia, barría con desparpajo delante de las propias narices del buen doctor, y se iba.
Y con todo, por más que Han Li llevara tan descuidado y pendenciero aspecto en la superficie, como si ya no le importara nada el hombre, en su corazón seguía velando y atalayando con todo su cuidado acostumbrado. En el punto mismo de salir del valle, invocaba el Arte de la Juventud Eterna, alzando oídos y ojos y todos los sentidos a una altura inconcebible, hasta haber recogido bajo su guarda todo ser moviente dentro de unas cuantas decenas de yardas.
Han Li estaba seguro de que aunque el propio Doctor Mo viniera a perseguirle en persona por el camino, no podría escapar a la red de sus sentidos. En una refriega limpia y abierta bien podría ser inferior al otro; mas cuando se trataba del dominio y del manejo de los cinco sentidos, Han Li no abrigaba la menor duda en sus propias fuerzas.
Así pues, a todo lo largo del camino, hizo su paso cauto junto a los discípulos que patrullaban la montaña, y entrando por aquel mismo túnel escondido que corría bajo la vieja acacia, se arrastró hasta el lado del charco donde antes se habían visto.
Apenas estuvo dentro, vio a Li Feiyu sentado descalzo al borde mismo del charco. El mozo iba con la cabeza baja, los dos pies desnudos metidos en el frío del agua del manantial, y "zape, zas, zas!" batía el agua con toda su fuerza, haciendo saltar frentes de gotitas de mil colores que se esparcían por el aire, y no era pequeña la alegría que en tal deporte hallaba.
Al oír entrar a Han Li, Li Feiyu ni siquiera alzó la cabeza, sino que al punto entonó una queja:
"Hermano menor Han, ¡llegas cada vez más tarde con cada día que pasa! Cada vez me haces esperar un buen medio día y aún más. ¿No podrías, por una vez, llegar temprano?"
"Perdóname, yo—" Han Li se sacudió la tierra pegada a sus ropas con la mano, y ya estaba dando alguna forma de excusa—
"¡Cacha!"
Li Feiyu ni siquiera esperó a que Han Li acabara de hablar, sino que le arrojó directamente el gran paquete que traía oculto tras la espalda.
"¿Qué es esto? ¿Algo bueno de comer?" Han Li no podía sacar pies ni cabeza del asunto; mas luego sintió el paquete duro y tieso al tacto, y pasmosamente pesado además, en modo alguno como cosa que pudiera comerse.
"¡Sólo piensas en tu panza! ¿No fuiste tú quien me mandó traer fuera el manual del Estilo de Espada del Parpadeo?" Li Feiyu le clavó una mirada de soslayo, y luego añadió, con súbito despliegue de gran seriedad, "Toma, pues. ¿No es lo que pedías?"
"¿Esto—esto es el manual? ¡No puedes hablar en serio! Seguro que no te has ido a equivocar con la piedra de afilar de tu patio, tomándola por un libro, y la has metido dentro!" Han Li contempló la cosa monstruosa que le pendía de las muñecas, con un acabado aire de incredulidad en el rostro.
"¡Qué pesado!" Haciendo fuerza con la de sus dos brazos, le dio un torpe tiento para tantear su peso—y casi se viene de espaldas, tambaleándose bajo la carga.
"¡Ja, ja, ja!" Li Feiyu no pudo contenerse por más tiempo; abriendo de par en par su gran boca, prorrumpió en una carcajada salvaje que no podía contener, hasta que al fin rodó por el suelo dándole golpes, embadurnándose todo de briznas y terrones, deshecho de risa.
Han Li observó con recelo las extrañas maneras de su compañero, y luego echó una mirada a aquel paquete enormemente envuelto.
"¡Pum!"
Empujó el lío con suavidad con el pie. Pues, ¡caramba!, de verdad parecía que llevara libros dentro.
Sin prestar ya atención alguna a su amigo, que a estas horas casi se retorcía de alborozo a un lado, Han Li se acarició la barbilla pensativamente, y luego, en cuclillas con un agachón de las posaderas, se sentó junto al paquete.
Para él, andarse adivinando la hechura de un objeto que podía al punto conocer abriéndolo, no era sino una tonta pérdida del trabajo de su mente.
Un par de palmas limpias y de tez blanca vinieron a posarse sobre el terco nudo del paquete, y luego los diez dedos comenzaron, uno tras otro, a danzar y a saltar con los movimientos más leves; un borrón de yemas de dedos parpadeó sobre la envoltura, y el gran nudo que estaba atado tan duro y apretado se aflojó, como por milagro.
"¡Tas, tas!"
Un estallido de aplauso agudo y sonoro resonó en el aire.
Han Li no se puso de inmediato a abrir el paquete. En su lugar, volvió la cabeza, y miró hacia atrás al compañero que hacía poco se desternillaba.
En no sé qué momento, Li Feiyu había cesado del todo su risa, y hasta se había calzado los zapatos. Allí estaba ahora, batiendo con todas sus fuerzas sus dos manos, animándole con gana y sin tasa, sin que pareciera importarle un ápice las palmas enrojecidas de tanto aplaudir.
"¡Ajá, ajá! Cada vez que te veo ejecutar las Manos de Seda Enroscada con tan maravillosa perfección, me parece cosa pasmosa. Ese arte parece hecho para ti y sólo para ti, como si hubiera nacido para venir justo a tus dedos—¡pues no han pasado sino dos cortos meses desde que te lo enseñé!" Así dijo Li Feiyu mientras seguía batiendo palmas, "ajá, ajá"-ando su alabanza sin término entre palabra y palabra.
"No habrás, por ventura, atado un solo libro en un paquete tan enorme, tan sólo para que yo te hiciera una exhibición por tu recreo?" demandó Han Li, con no poca muestra de enfado.
"En absoluto. Abre el paquete, y lo entenderás todo de una vez." Li Feiyu recogió su aire de burla, y su rostro se volvió de pronto grave.
Han Li, al verle caer de sopetón en tan solemne modo de hablar, se vio preso de una gran curiosidad; volviendo la cabeza de nuevo, dejó caer su mirada una vez más sobre el paquete que yacía ante él.
Ladeando la cabeza, consideró el asunto por un momento, luego estiró el índice y el dedo medio, y alzó con suavidad un recanto de la envoltura, tirando de él hacia fuera—y dejó al desnudo todo lo que había dentro.
"Esto es—" En un solo aliento, un sudor sucio de frío denso se derramó por la frente de Han Li, y sus ojos estuvieron a punto de saltársele de las cuencas.
"Bueno, ¿y ahora? ¿No estás un poco pasmado?" Li Feiyu se acercó con calma, y le dio una palmada en el hombro.
Han Li se volvió como atontado, y miró de frente al otro, sin habla por largo rato.
"¿Por qué me miras así? Ten por seguro que no pienso entregarme a ti en pago!" se burló Li Feiyu, enseñando toda la dentadura.
Fue como si, al sonar aquella broma, Han Li volviera por fin en sí.
"¡Trazo una línea limpia entre los dos de ahora en adelante!" gritó, con gran furia de ultraje. "De este día en adelante, no te conozco, y tú jamás has puesto tus ojos en mí!"
"¡O me engañan los ojos, o te has vuelto loco!" prosiguió Han Li, señalando con el dedo la vasta pila de folios grandes y pequeños que ante él se amontonaban, y voceando contra Li Feiyu. "¡Has traído fuera una buena tercera parte de toda la biblioteca de la Sala de los Siete Extremos, y si el protector que patrulla el salón llegara a olerlo, tanto tú como yo lo tendríamos muy difícil incluso para morir de una muerte decente!"
Y así era en verdad; pues en el recanto superior izquierdo de cada una de aquellas cubiertas, había marcado en un círculo de tinta de pincel los mismos caracteres dorados y flameantes: "De la Colección de la Sala de los Siete Extremos."