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Chapter 48: Palabras Engañosas

A Record of a Mortal's Journey to Immortality·Capítulo 48 de 57·~6 min de lectura

Actualizado: 2026-08-12 09:53

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El doctor Mo aterrizó con suavidad en el mismo lugar donde Han Li había estado, y sin detenerse un instante, se giró como un espectro para volver la cara hacia el muchacho. Todo rastro del orgullo que antes hubo en su semblante había desaparecido, dejando tan solo un rostro vacío e inexpresivo, aunque en sus ojos brillaba una extrañeza apenas perceptible.

Han Li, por su parte, no se encontraba en mejor estado. Jadeaba respirando con largos resoplidos, tenía el rostro algo pálido, un sudor frío perlaba su frente, y en sus mejillas había subido un rubor poco natural.

Todo ello indicaba con claridad que el propio ardid con el que Han Li acababa de salvar la vida le había consumido la mayor parte de sus fuerzas, y era probable que no pudiera volver a ejecutar la misma técnica una segunda vez.

Han Li soltó un profundo suspiro y procuró aflojar el cuerpo, para aliviar la pesada tensión que el uso del Paso del Humo Errante había acumulado en sus músculos. Tal como estaban las cosas, no podía hacer más que aprovechar toda ocasión para recuperar algo de fuerzas y conservar así alguna esperanza de victoria en el siguiente envite.

Bajó la vista hacia su mano izquierda, que aún temblaba ligeramente. Se le había quedado del todo entumecida, sin la menor sensibilidad, y no podía volver a empuñar una espada. Aquel juego de espada con la mano izquierda que tan afanosamente había entrenado quedaba, por ahora, inutilizado; no le quedaba sino combatir con la mano derecha.

En su interior se dibujó una sonrisa amarga. Había perdido la mayor parte de sus fuerzas, no podía ejecutar el prodigioso Paso del Humo Errante y, para colmo, se veía reducido a luchar con una sola mano. Difícilmente podría hallarse en peor situación. No quedaba otra que recurrir al último y secreto golpe que tan cuidadosamente había reservado.

Han Li miró el sol más allá del alero, meditó un instante y juzgó que el momento era, en efecto, cercano y propicio para trabajar aquel golpe.

Volvió a mirar hacia la espada clavada en la pared. De aquella arma, lo sabía, ya no podía esperar recuperarla; el hombre jamás le permitiría acercarse a desprenderla a sus anchas.

Han Li reflexionó un momento y, entonces, sacó del pecho otra arma. Era igualmente una espada corta con vaina, de apenas media calza de longitud; tan corta era que mejor cabría llamarla daga que espada. Al desenvainarla, parecía mucho más ancha y gruesa que una daga común, y relucía con un brillo frío y claro que denotaba un filo muy agudo.

Arrojó la vaina a un lado, tomó la hoja con la mano derecha, extendió del todo el brazo y apuntó oblicuamente con la punta hacia su oponente, adoptando una postura de ataque.

El doctor Mo lo observó todo sin apresurarse a arremeter. Cruzó las manos a la espalda y, de pronto, su semblante se volvió bondadoso. Con una voz suave, le instó:

"Han Li, que hayas podido zafarte de mí una y otra vez excede ciertamente cuanto había calculado. Pero, ¿crees que esta vez podrás tener la misma fortuna y escapar de nuevo de bajo mi palma? El paso que acabas de usar es maravilloso, no lo niego; mas parece cargar con no poca limitación. A juzgar por el estado de tus fuerzas, no puedes esperar volver a ejecutarlo con provecho. Ven, ríndete con tranquilidad. Bien puedes ver que no tengo intención de herirte de gravedad. Si obedecieras mis palabras, quizá las cosas no hayan de torcerse tan mal como te imaginas."

La manera en que el doctor Mo mudaba su talante como un camaleón puso a Han Li la carne de gallina. Un momento hacía del maestro bondadoso, el siguiente era frío y despiadado, y ahora le hablaba con grave preocupación, instándolo a entregarse a su destino. Han Li apenas sabía qué pensar de él. ¿Creía de verdad el hombre que semejante embaucamiento podía hacerle perder la cabeza y caer en un cebo tan burdo?

Mas aquellas mismas palabras le daban a Han Li más confianza. Si el hombre no hubiera llegado a temerle, ¿por qué habría de rebajarse a tan pueriles halagos para engañarlo?

En un solo aliento Han Li lo vio todo con claridad. Suspiró, movió la cabeza suavemente y no respondió palabra alguna; tan solo blandió un par de veces la daga hacia el cuerpo del otro, con lo cual dejó bien expresada su intención.

Las venas de la frente del doctor Mo saltaron y palpitó un par de veces. Al ver que Han Li no atendía a sus consejos y antes lo provocaba con su arma, ya no pudo contener la ira.

"¡No sabes cuándo estás bien!"

Dio un gran paso al frente y exclamó entre dientes: "Un paso que cruza mil leguas."

Entonces, de súbito, todo su cuerpo flotó con ligerеza hasta un punto a tan solo unos pasos de Han Li, como si hubiera practicado el arte de encoger la tierra misma, hasta el punto de que un hombre no podía sino maravillarse.

Han Li pareció, por su parte, no poco asustado. Un gesto de pánico se apoderó de su rostro y se apresuró a retroceder dos pasos, poniendo algo de distancia entre ambos, antes de disponer la daga en cruz frente a sí y girarla hasta formar una pequeña lámina de luz fría que sellaba el paso al doctor Mo, como si hubiera olvidado por completo la paliza recibida en su último encuentro.

El doctor Mo sonrió para sus adentros, y de ningún modo iba a ser tan generoso como para advertir a su rival de sus intenciones. Dividió las dos palmas, enviándolas por dos caminos distintos contra Han Li, sin prestar atención alguna al gélido destello de la hoja.

Aun cuando las dos manos de plata iban a colarse dentro de aquel anillo de luz de espada, de la otra parte llegó una risa suave, una risa libre y desahogada, la risa del cazador que ve a su presa pisar el lazo.

El corazón del doctor Mo se encogió. Sin pensarlo, frenó el avance y su figura se quedó un momento suspendida. Entonces llegó a sus oídos una voz tan fría como el hielo:

"Esta vez, quien ha caído de verdad en la trampa eres tú. ¡Mira bien la daga que tengo en la mano!"

Al oír esas palabras, el doctor Mo no pudo sino volver la mirada hacia la daga. He aquí que el muchacho, en algún momento, había cesado su giro y se había dispuesto en una postura extraña: el torso algo inclinado hacia atrás, la daga sostenida en una sola mano y extendida ante la cintura, la parte inferior del cuerpo en una tensa postura de arco presta a lanzarse en el instante mismo, de modo que todo él parecía un hombre que ha tensado un arco y colocado la flecha.

Y en cuanto a aquella arma de que hablaban las palabras, salvo un leve destello de luz azulada, no había en ella nada que saliera de lo común. Esto dejó al doctor Mo algo perplejo. ¿Sería posible que el muchacho, adoptando semejante postura y engañándolo con esas falsas palabras, pretendiera perturbarle la mente y ganar así alguna ventaja barata?

Al pensarlo, al doctor Mo casi le dio risa, y ya se disponía a mofarse del muchacho, cuando de pronto Han Li se lanzó hacia delante como disparado desde un potente arco, hecho una sola flecha que volaba desde el otro lado. Tal era la velocidad de su llegada que incluso el semblante del doctor Mo mudó por completo.

Con presteza el doctor Mo juntó sus manos abiertas, queriendo atrapar la hoja del otro entre las palmas; mas he aquí que la daga dio una ligera sacudida y se transformó en una docena de hojas de igual apariencia, que embestían desde todos los puntos, de manera que ya no podía distinguirse lo verdadero de lo falso.

El doctor Mo resopló, y su estima por Han Li cayó un punto más. ¿Emplear un ardid tan hueco y aparatoso ante un maestro como él, no era acaso buscar la muerte? De una sola mirada podía discernir dónde se hallaba la hoja verdadera.

Y así, abrió bien los ojos, fijándose en la llegada de la hoja real, y sin cambiar en nada la postura de las manos, no hizo sino acelerar su avance, queriendo en un solo golpe hacer añicos aquel filo agudo y dejar al muchacho para que fuera apresado con las manos vacías.

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