La generosa actitud de la otra parte le hizo saber a Han Li que, a poco que las condiciones que nombrara no fuesen excesivamente desmedidas, había una de ocho o nueve en diez de que fueran todas concedidas. Por esta señal, la meta que se había propuesto alcanzar con holgura podría lograrse sin mayor trabajo.
Mas tan dadivosa acogida era cosa rara en todo el Secta de los Siete Misterios. Era evidente que los hombres a la cabeza del secta sabían de sobra lo que un médico de consumada destreza significaba para quienes vagan por los caminos salvajes del jianghu.
Han Li, por su parte, no se anduvo con cumplidos. Pidió en el acto que todo el Valle de las Manos Espirituales fuese cedido a su único cuidado, y que ningún extraño se atreviera a turbarle en el valle mientras él atendiera a sus estudios del arte curativo.
Una petición que apenas merecía el nombre de condición fue, cómo no, aceptada con presteza por el Vice Líder del Secta Ma. Acaso el hombre deseaba atarle a sí con un vínculo más firme; por propia iniciativa se ofreció a enviar a una doncella joven y bella para que atendiera las necesidades diarias de Han Li.
Por un instante el inesperado galardón puso aletear el corazón de Han Li, y estuvo a punto de aceptarlo sin reparo; mas cuando recordó cuántos secretos llevaba a sus espaldas, rehusó el ofrecimiento, no sin un dejo de pesar.
Tal negativa vino a mover al Vice Líder Ma a no poca admiración, y posó una nueva mirada sobre Han Li, declarando una y otra vez que aquí había un mozo capaz y joven, que no codiciaba a las mujeres, y que de haber tenido una hija se la habría dado a tal marido.
Tales palabras dejaron a Han Li sin saber si reír o llorar. No es que despreciara los encantos del bello sexo — es que en aquel momento no se atrevía a complacerse en ellos.
Y así, de esta manera, todo el Valle de las Manos Espirituales vino a ser el dominio privado de Han Li, en el que los extraños, por regla, no podían aventurarse.
Con este fin Han Li hizo colocar una gran campana a la entrada del valle. Quienquiera que desease hablar con Han Li no tenía sino tocar aquella campana, y Han Li dejaría al punto el valle para recibirle. Tan extravagante regla erigió Han Li junto a la campana con aire de lo más desenvuelto, de modo que hasta algunos de los oficiales superiores quedaron obligados por ella.
Y la razón por la que Han Li había impuesto tan rara regulación era, en todo, guardarse contra el último resto de esperanza de que el secreto de la botella pudiera filtrarse al exterior. A poco que ningún hombre invadiera el valle a lo loco, Han Li podía tener la certeza de que la portentosa maravilla de la botella no llegaría a un segundo par de oídos.
Al principio la regla no turbó lo más mínimo a los discípulos más humildes; pero muchos entre los oficiales superiores se sintieron hondamente disgustados, y murmuraron que Han Li se tenía en excesiva estima, que no conocía la altura del cielo ni la hondura de la tierra, que ni el mismo Doctor Mo había guardado tan gran manera, y que un mero aprendiz recién salido de la puerta de su maestro — ¿cómo osaba ensoberbecerse tanto?
Mas cuando Han Li arrancó del mismísimo umbral de la muerte a un Protector que yacía gravemente herido y al último suspiro, y le curó del todo, todo aquel rumor se desvaneció como humo, y ya no hubo hombre que volviera a mencionarlo.
Pues nadie querría ofender a un sanador divino por alguna nimiedad, cuando aquel sanador podría, una docena de veces, librar la vida de un hombre. Y así, la costumbre de la campana — que un hombre sólo podía verle tras tocarla — vino con el tiempo a tenerse por cierta manera caprichosa, propia de tal médico.
Conforme los días y los meses se deslizaban, hasta los varios líderes del secta fueron aceptando la regla por grados. Cuando buscaban su cura enviaban un hombre a llamar cortésmente a la campana, y luego, con todo respeto, invitaban a Han Li a acudir.
De esta suerte Han Li llegó poco a poco a ser una verdadera rareza en las leyendas del Secta de los Siete Misterios.
¿Llamarle uno de los altos? No tenía cargo alguno, y no ejercía el más mínimo poder. ¿Llamarle discípulo humilde? Mas, ¿quién había visto jamás un discípulo de manera tan señorial, a quien los propios líderes del secta llamaban con el título honorífico de "Doctor Han"? Del nombre de Han Li, pocos había ya que se atrevieran a pronunciarlo en claro.
De este número, a buen seguro, nuestro Hermano Mayor Li Feiyu era la única excepción.
Ante los demás, Li Feiyu guardaba todavía su acostumbrado aire de fría altivez; pero en el instante en que ponía los ojos en Han Li, su manera se trocaba al punto en una despreocupada llaneza, y sin ceremonia alguna le llamaba por su nombre a secas — ni su cambiada posición le había vuelto, como a Wang Dapang y a los otros discípulos, distante y en exceso cortés.
Y esto, lejos de ofenderle, no hacía sino tranquilizar a Han Li, pues el gusto de un hombre solo, sin amigo en todo el mundo, no es agradable de llevar.
A la memoria de la cara regocijada de Li Feiyu, Han Li no podía por menos de pensar en otro rostro — uno torcido y arrugado, como una calabaza que se hubiera acedado.
No hacía mucho, por casualidad había topado con otro antiguo conocido de los días en que habían cabalgado juntos hacia la montaña en el mismo carro — un tal Wu Yan, ahora discípulo de lo más íntimo del Salón de los Siete Extremos. Había caído enfermo de una dolencia extraña, ni grave ni leve, pero que otros varios médicos indiferentes hacía tiempo que no lograban curar; y, hondamente atormentado por ella, se había visto obligado a rogar los buenos oficios del Vice Líder Ma, y venido a suplicar al sanador divino Han que le atendiera.
Hay que decir que a Wu Yan le servía bien la memoria, pues en cuanto puso los ojos en el célebre Doctor Han reconoció al punto al compañero de aquel viaje en carro de antaño — Han Li. El pasmo y la extraña sonrisa que se extendieron por su faz quedaron grabados en el recuerdo de Han Li hasta hoy, pues en los viejos tiempos la manera de Wu Yan hacia él no había sido nada amable — dura y poco amistosa, en verdad.
La vista del aire avergonzado de Wu Yan movió a Han Li a una risa secreta, aunque no era hombre de negarle la cura por ello. Mas, a fin de no echar por tierra su propia fama, Han Li se cuidó de reforzar la dosis del remedio que recetó, de suerte que Wu Yan quedó curado en el espacio de dos cortos días. Sólo que durante su convalecencia, por culpa de la dosis demasiado fuerte, el hombre sufrió algunos grados más de dolor que de otro modo. Esta fue la pequeña venganza de Han Li por la conducta poco amable del otro en días pasados.
Parecía, pues, que Han Li no era tan magnánimo como se tenía a sí mismo, sino, en verdad, muy aficionado a guardar rencor.
Y así, por lentos grados, Han Li vino a ocupar del todo el lugar que el Doctor Mo había tenido en otro tiempo sobre la montaña — no, subió incluso un peldaño más alto.
Ahora, cada día sacaba la botellita y la colocaba en algún lugar abierto dentro del valle, dejando que madurara, en el espacio de siete u ocho días, aquel maravilloso líquido verde, con el cual apresuraba el crecimiento de raras yerbas de larga edad; y de ellas ideaba y componía una medicina preparada tras otra.
Una parte muy pequeña de éstas se gastaba en los enfermos que acudían a su puerta en busca de cura; la mayor parte, Han Li la tomaba él mismo, para nutrir la esencia vital y templar su qi, empujando hacia adelante su práctica del Arte de la Juventud Eterna.
Han Li removió el cuerpo que yacía tendido en el sillón de respaldo alto, para ponerse más a gusto.
El sillón en que se sentaba era el del Doctor Mo, y sin embargo éste no era el aposento del Doctor Mo, sino la morada propia de Han Li — sólo que él había echado mano de cuanto objeto, en la cámara del Doctor Mo, juzgaba de alguna utilidad, y se lo había llevado sin pedir permiso a sus propias habitaciones. En su posición presente, aun si alguien hubiera presenciado semejante falta de respeto al Doctor Mo, nadie se habría atrevido a cuestionarle, pues a los ojos de los demás la importancia de Han Li pesaba ya más que la del Doctor Mo. ¡Los hombres son gente muy práctica!
En verdad, el alojamiento del Doctor Mo era con mucho el más espacioso de los dos, y habría sido mucho más propio mudarse directamente allí.
Lástima que Han Li sintiera siempre cierta rareza en habitar en él. Pues la muerte del Doctor Mo no era poca cosa ajena a Han Li mismo; establecer su casa con descaro en el aposento de un muerto a quien su propia mano diera muerte — el solo pensamiento le corría un escalofrío y le sentaba mal a la conciencia. Mucho más seguro y mucho más cómodo le era su propia perrera, como él gustaba llamarla.
Mas al pensar en el Doctor Mo, Han Li no podía por menos de acordarse de la desalentadora cuestión de aquella servidumbre que aún debía a un cadáver.
Durante este tramo de tiempo había examinado su cuerpo por dentro y por fuera con el mayor cuidado, una y otra vez, y había, en verdad, cierta cosa fría y yin al acecho en su dantian que desafiaba todo su sondear. Han Li probó el Polvo del Espíritu Claro y todo otro método de librar el veneno que conocía, mas ninguno surtió efecto. Y así, parecía que aquel viaje lejano que debía emprenderse un año más tarde era del todo ineludible.