La voz del segundo espía le era a Han Li cosa desconocida. Según cuanto sabía, jamás había puesto los ojos en aquel hombre; mas a juzgar por el sonido de ella, era mozo de años, acaso de veintitantos.
Más lástima, que por pura cautela Han Li no se había atrevido a hurtar siquiera una sola mirada furtiva, no fuera que esos dos, poseídos de pericia pura y afinada, alcanzaran a sentir el mirar ajeno ajeno fijo sobre ellos y descubriesen que un extraño rondaba cerca. No valdría la pena el trueque.
Pasado aquel lance, el camino que llevaba por delante se mostró en todo punto apacible.
Han Li regresó por fin a sus aposentos sólo mucho después de que la hora de la cena hubiese llegado y pasado.
Como solía hacer siempre, el Doctor Mo no mostró la menor curiosidad por echar siquiera una mirada a las misteriosas idas y venidas de Han Li. Salvo que de cuando en cuando le enviara sus medicinas preparadas, dejaba a Han Li del todo a su libre albedrío en toda su conducta y manera.
De no haber notado Han Li que las medicinas que le enviaba el Doctor Mo estaban todas preparadas con esas preciosas hierbas que él mismo recogiera bajando de la sierra la vez anterior, podría muy bien haber pensado que el hombre había perdido toda esperanza en él, y que incluso maquinaba a la sazón alguna treta ponzoñosa.
Con las cosas como estaban, Han Li había venido a dar ningún valor a esas así llamadas preciosas medicinas del Doctor Mo. Con todo, no fuera que el hombre reparase en ello, seguía apretándose las narices y tragándoselas.
No temía que las medicinas que le enviaban pudieran venir adulteradas con veneno; pues si el hombre llegara a hacerle mal ahora, se estaría haciendo mal a sí mismo en igual medida.
En cuanto a aquellos espías de la Pandilla del Lobo Salvaje con que se topó a mitad del camino, Han Li ya había, de vuelta, dado con una manera adecuada de tratar con ellos.
Él, a decir verdad, no profesaba ninguna afición muy honda a la Secta de los Siete Misterios; mas con todo y con eso, era, en cierta manera, medio discípulo interior, y mal le cuadraba quedarse de brazos cruzados, sin tomar el menor partido contra un daño que tan a las claras amenazaba a la secta bajo sus mismas narices.
Cuanto más que hacía ya tiempo había hallado al hombre más apto de todos para encargarse de este asunto por él—Li Feiyu, el Hermano Mayor Li.
Según la observación de Han Li, acaso por haberse tragado la Píldora que Drena la Médula, la apetencia de fama y provecho de Li Feiyu se había hecho harto más pesada de lo que es común en los hombres. Una buena ambición se le revolvía dentro; había soñado siempre con entrar en los altos consejos de la Secta de los Siete Misterios, y por volverse una figura aún más conspicua ante los ojos de todos.
Había a veces conjeturado Han Li que el hombre, no teniéndole sino unos pocos años, se determinaba a emplear ese último trecho en volverse aún más alborotador, más espléndido todavía.
Y ahora, si Han Li le pusiera en las manos tan gran mérito por su propia voluntad, no dudaba de que el hombre brincaría de puro gozo. Sería, además, una manera de pagar la gran deuda que había contraído por la obtención de los manuales de espada.
Y al sólo mentar los Manuales de Espada del Parpadeo, el corazón de Han Li se estremecía en oleadas de excitación trémula.
De la cuestión de los Manuales de Espada del Parpadeo, no le había mentido a su amigo; era cierto de todo punto que esos manuales no se acomodaban a la práctica del otro. Mas de no pocos de los detalles, Han Li había callado su parecer.
Pues para él, guardar ante todo hombre algún pequeño secreto propio era la sola y única regla por la que podía seguir viviendo. Aun cuando el hombre a su lado pareciera aferrado a él en amistad entrañable y nada se le ocultara, no era en manera alguna de exceptuarlo.
Con todo, eso que estaba escrito en estos libros secretos era, en verdad, cosa muy desemejante a la corriente de las artes marciales.
A juicio de Han Li, mejor fuera llamarlo no un arte de espada sino una técnica de espada. Pues era en su ser entero un arte secreto y asesino que mezclaba el favor del cielo, la ventaja del suelo y la concordia de los hombres, y era una pura y rarísima habilidad de matar, de esas que golpean una vez, y donde golpean, matan.
Estos libros describían, una y otra vez, las múltiples artes por las cuales, en lugares diversos y a horas diversas, pudiera un hombre echar mano de su propia y rara técnica de espada, tan penosamente practicada, y dar muerte a su enemigo con un solo tajo.
Enseñaban al que quisiera aprender esta técnica de espada a servirse de cada brizna de hierba y de cada árbol del mismísimo suelo donde estuviera plantado, y de los móviles ángulos de cada rayo de luz, para urdir una quimera en la vista de su adversario; y luego, en el pestañeo de un ojo, asir la flaqueza del enemigo, atisbar su resquicio desguarnecido, y en el mismo instante herirlo de muerte.
Era ésta una técnica secreta que ponía gran empeño en la mera maña y la sutileza; y sin un ápice de ingenio natural, jamás podía un hombre esperar calar y dominar a la postre este arte de espada.
Así las cosas, quien hubiera de practicar esta técnica secreta tenía que ser hombre de los cinco sentidos en grado sumo, de cuya vista y cuyo oído se aventajaran con mucho a la común de los hombres, para que hubiera alguna esperanza de llevarla a buen fin.
Si sólo esas condiciones se pidieran, no habría más que decir de ello; siempre habría algún discípulo que, ávido de su terrible poderío, escogiera estudiarla.
Mas aquí estaba el quid: imponía además condiciones aún más ásperas. Exigía que quien la practicara no llevara en su persona qi interno verdadero, puro y afinado; pues de llevarlo, el arte chocaría con las mismas artes de ejercer la fuerza y soltar los tajos, y el progreso se haría monstruosamente difícil.
Y aunque uno lograra por ventura pasar esta prueba y salir bien con ello, con todo en el combate verdadero, por andar su qi interno demasiado recio dentro del cuerpo, sus tajos de espada se torcerían y deformarían sin saberse cómo, dejando no pequeño resquicio al enemigo que explotar, y atrayéndose así una catástrofe de muerte sobre la cabeza.
Semejante condición venía a cortar de raíz el designio de casi todo hombre que pudiera pensar en practicar el arte. Pues hay que saber que en el jianghu corría el refrán viejo: "Quien adiestra los puños y no la fuerza, al cabo lo habrá de perder todo."
Para tales hombres, abstenerse de cultivar su fuerza interna era enormidad por encima de todas las demás. Echar a un lado el cultivo del propio qi interno por esta arte de espada oscura y no notada—vaya, eso le haría a uno la mismísima risa de todo el jianghu.
Y así, no quedaban sino unos pocos hombres que mantuvieran aún algún propósito de seguir con su práctica.
Mas aun para esos pocos, por muy dotados que fueran, y por nada deficiente que estuviera su qi interno, quedaba aún un último escollo enhiesto, que derribaba por completo su pensamiento de empeñarse.
Y ese era el tamaño por demás enorme y entramado de las formas de esta técnica de espada, y las condiciones por demás exquisiteces y prolijas puestas sobre el ponerlas en uso.
Mirad no más ese gran montón de manuales gruesos en su lío, y cualquier hombre común ya tenía bastante con el sólo verlos para desalentarse.
En lo principal, cada manual de espada significaba un solo tajo de espada; y cada tajo se partía a su vez en un centenar de sub-tajos; y cada sub-tajo había de practicarse con esta o aquella arte diversa, según que el lugar difiriera y la hora difiriera, en el ponerla en uso.
Ante un cuerpo de técnica de espada tan vasto, no hay ni que hablar de practicarlo; el sólo leerlo bastaría para que a un hombre le doliera la cabeza, y ni qué decir tiene que haya de memorizárselo todo, y luego desenvolverlo por la propia inteligencia, y llevarlo a la práctica.
Estas condiciones de cultivo tan desaforadas habían apartado no sabe cuántos discípulos que de buena fe hubieran deseado aprender este arte de espada, y les habían hecho maldecir en su fuero interno a aquel anciano que lo ideara. Y según corrían los años, la Secta de los Siete Misterios, de arriba a abajo, fue perdiendo por grados todo ulterior interés por el arte, juzgando fuera de toda posibilidad que hombre alguno llegara jamás a llevarlo a buen fin, y fantaseando que todo ese cuerpo de saber marcial no era acaso más que una fabricación ociosa hilada de la nada por aquel anciano en su lecho de muerte. Pues si no, ¿cómo habían de ser sus condiciones de práctica tan fuera de toda razón? Esto no era, a todas luces, sino una trampa para coger a aquellos discípulos que ignoraban su verdadero valor. Y así, estos manuales quedaron depositados en sus altos estantes, vedados a todos, y ningún hombre volvió jamás a pasarles la mano.