Ninguno de los que así se quejaban conocía el fondo de la verdad. El anciano que había creado aquel estilo de espada había perdido, en plena flor de su hombría, su formidable poder interno, y para siempre, en el curso de una sola disputa del jianghu. Por desgracia, su adversario había destruido su cultivación en aquel encuentro, y desde entonces jamás pudo volver a refinar qi interno verdadero dentro de su cuerpo.
Por temor a que su posición dentro de la secta se derrumbara de golpe, el anciano no llegó a decir jamás una palabra de esto a hombre alguno. Al contrario: desde aquel día se dedicó a hacer gran alarde de su destreza marcial, representando el papel de un hombre que había alcanzado una maestría más honda y más extraña, y con esa falsa figura engañó a toda la secta, de arriba abajo.
Y sin embargo, era la verdad dura e inquebrantable que desde entonces no poseía medio alguno de defenderse. Desde aquella hora se mantuvo estrictamente en sus aposentos, y salía de ellos rara vez; y aunque así lo hizo, por ser hombre de ingenio sobresaliente, jamás fue descubierto ante los ojos de los demás.
Eran aquellos los días en que la Secta de los Siete Misterios dominaba Jingzhou como su propio señor, en el pleno mediodía de su gloria.
Cuando por fin el anciano comprendió con claridad que su poder perdido jamás podría restaurarse, la desesperación se apoderó de él; y en esa desesperación recurrió a su propia autoridad para servir a sus fines ocultos. Cuidadosamente oculto a los demás detentadores del poder, envió a sus hombres a caer a la vez sobre muchas sectas menores, oscuras y poco conocidas, cuya sola existencia era un asunto desconocido para el mundo entero.
De esas sectas arrancó toda suerte de manuales marciales secretos, tales como no debían mencionarse en voz alta, con la esperanza de dar con alguna arte suprema que pudiera emplearse sin recurrir a la fuerza interna.
Y en verdad, después de años de tal saqueo, desenterró un gran número de secretos asombrosos; mas no había entre ellos ninguno que sirviera a su pobre caso.
Grande fue su desengaño.
Pero aquel anciano era al fin y al cabo hombre de profundo saber y de ingenio del más fino temple. En la misma hora de su abatimiento le asaltó un pensamiento nuevo: aprovechar todos aquellos secretos que tenía entre las manos, y con ellos forjar una obra maestra de arte marcial hecha a su imagen y semejanza, para su propia necesidad.
El revivir de aquel pensamiento le encendió el corazón de entusiasmo. Pues fundar un arte marcial propio es el sueño de toda la vida de todo hombre de armas; y desde aquel instante su camino no admitió vuelta atrás. Se entregó por entero a la empresa, y de día y de noche estudió, probó y afinó sus múltiples designios. Al fin, por temor a que las preocupaciones del mundo común volvieran a enredarlo, entró incluso en retiro, y ya no se inquietó más por las rencillas y disputas de las sectas de fuera.
Fundar un arte marcial es cosa de dificultad suma; y cuánto más ardua era aquí la empresa, donde el arte que buscaba debía responder a límites tan estrechos: ser utilizable sin qi interno verdadero, y a la vez encerrar en sí tantos secretos robados, hasta crecer en una suprema y elevada maestría.
El desarrollo de una destreza tan sin precedentes, en todo su amargo esfuerzo, superó con creces cuanto su imaginación había concebido. Pero era también hombre de voluntad de hierro; y tras cerca de media vida de agotador trabajo, a través de largas décadas de devoción incansable, aquel Estilo de Espada del Parpadeo vio por fin la luz del día.
El anciano estaba fuera de sí de alegría. Cuando, todo afanoso, se apresuró a anunciar las buenas nuevas a sus compañeros de la secta, recién terminado su arte, halló con asombro y pesar que la Secta de los Siete Misterios había ya caído en total decadencia. Todo el cuerpo estaba entonces cercado y asolado por una multitud de bandas grandes y pequeñas, amenazado en cualquier momento con la extinción de la secta entera.
Aquel viejo, ya pasado los sesenta, se vio presa a la vez de la ira y del asombro; mas en aquella hora de peligro invocó su extraño estilo de espada, apenas perfeccionado, y luchó con terrible efecto. Golpe tras golpe derribó a muchos de los enemigos más poderosos, sobrecogió al anillo de contrarios que aún quedaba, y arrancó a la Secta de los Siete Misterios de entre el asedio que la circundaba, por un camino de sangre: un servicio sin precio para la misma continuación de la secta.
Mas, apenas se vio libre del peligro, llegó a su fin el plazo señalado al anciano. No dejó tras de sí más que la orden de que el manual de todo el trabajo de su vida fuera puesto en custodia de la Sala de los Siete Extremos, y así partió.
Pero lo que más había de lamentarse es que, en todos los años transcurridos desde entonces, ni un solo discípulo —hasta la llegada del propio Han Li— había siquiera intentado la práctica de ese arte; y así aquella joya sin par yacía ignorada, cubriéndose del polvo de los tiempos en su escondrijo oscuro.
De todos esos sucesos pasados Han Li no sabía nada en absoluto; y aunque los hubiera sabido, no habría sentido el menor interés. Para él bastaba que aquel estilo de espada se acomodara a su propia circunstancia, y que le ofreciera alguna esperanza de conservar la vida libre del alcance del Doctor Mo. En cuanto a su origen, o el nombre de quien lo creó, Han Li no se cuidaba de tales cosas lo más mínimo. Era un muchacho muy práctico, y jamás habría gastado sus afanes en cosa que no le reportara provecho.
En su propio aposento, Han Li encendió el candil de aceite y se inclinó sobre su mesa de madera. En el titilante claror, siguió pasando las páginas de los manuales secretos, uno tras otro.
Había resuelto no copiarlos de nuevo por escrito. En su lugar, mediante su memoria poco común, pensaba estampar en su mente todo su contenido; de este modo ni podían perderse ni divulgarse, y mancha alguna de descubrimiento no podría jamás traicionarlo.
Pues guardaba aún un cuidado receloso para con el Doctor Mo, y no era tan necio como para suponer que el hombre lo dejaba ir del todo sin vigilancia. Si de pronto apareciese en su aposento tal pila de manuales copiados, ¿no habría de desnudar al instante todos sus designios, y poner al doctor en guardia contra él mucho antes de tiempo?
La llama anaranjada del candil dio un suave "pop", y exhaló una sola chispa, avisando a Han Li que la hora era ya muy tardía, y que era tiempo de pensar en el descanso.
Pero Han Li no le prestó atención alguna. Todo su ser estaba sumido en el mundo de aquellos libros, y las extrañas proezas que hallaba escritas allí habían atrapado por entero su atención.
Chispa tras chispa reventaba y florecía el pabilo del candil; y proyectada contra la pared, la sombra de su figura vacilaba y danzaba, hinchándose y encogiéndose por turnos, mientras él permanecía sin mover un solo cabello. Aquella extraña pareja de quietud y movimiento creaba un contraste inquietante, y sin embargo a cualquier testigo le parecía maravillosamente concordada, encajando la una con la otra.
De cuarto en cuarto de hora se deslizaba el tiempo; la sombra a la espalda de Han Li pasó de clara a tenue, y de tenue a nada en absoluto, hasta que los cielos de afuera se iluminaron con el ancho día.
Sin darse cuenta, Han Li había pasado despierto toda la noche en una lectura voraz.
Con un seco "crac", la última gran chispa reventó de la llama, y el candil se apagó por completo; así al fin Han Li despertó de sus libros.
Miró hacia el candil, luego echó una ojeada a la luz del día detrás de la ventana, y sonrió para sus adentros con una mueca amarga.
Helo aquí, llegado por fin a tal extremo que ardía con tan fiera pasión por el estudio de las artes de matar. Verdaderamente ya no era el mozo que una vez había sido.
Permaneció meditando así un buen rato antes de levantarse, giró el cuello y soltó brazos y piernas hasta que todas sus articulaciones chasquearon y crujieron en voz alta. Luego se volvió, empujó la puerta y salió al pozo hondo que había cerca, sacó un barreño de agua fría y se lavó la cara a fondo, de modo que su ánimo brotó de nuevo. Después hizo recorrer el Arte de la Juventud Eterna en un circuito completo por su cuerpo, y todo vestigio del cansancio de la noche se desvaneció sin resto.
A lo largo de toda aquella noche de lectura y estudio, Han Li había llegado a comprender que dominar por completo este cuerpo de saber marcial no era asunto de pocos años. Sin ocho o diez años de amargo esfuerzo, era inútil pensarlo; y aun para uno tan dotado en esta línea como él, cumplidos dos o tres años debían pasar antes de esperar alcanzar una modesta medida de éxito.
¡Pero el tiempo no espera a hombre alguno!