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Chapter 51: El Coloso Muestra su Brío

A Record of a Mortal's Journey to Immortality·Capítulo 51 de 57·~8 min de lectura

Actualizado: 2026-08-12 09:55

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Una vez que el veneno de los Hilos de Incienso Entrelazados se asienta, se va extendiendo por medio de los vasos sanguíneos, poco a poco, por todo el cuerpo.

En un lapso breve de tiempo, si el hombre así acometido fuere un plebeyo — un hombre del vulgo común —, entonces va bien; no hay gran peligro. Mas si fuere un guerrero, entonces la amenaza es de muerte. Pues durante ese rato no puede revolver temerariamente su qi interno verdadero; que si lo hiciera, apresuraríase el brote del veneno, volveríase su sangre a correr al revés por todos sus miembros, y atormentarlo con una miseria que no se puede sobrellevar.

Y cuanto más tiempo permanece el veneno dentro de él, tanto más hondo se hunde, y entonces el asunto empeora sin remedio.

Pues podrá haber recobrado de nuevo el señorío de su qi verdadero; mas tiene que tomar el antídoto a diario, para tener la ponzoña a raya. Que si no, sus mismos huesos irán poco a poco cambiando y torciéndose, y su cuerpo todo comenzará a encogerse, hasta que por fin se desmorona en una masa empapada, como un terrón de barro, y queda despatarrado por el suelo, sin poder menear un dedo.

Y es más temeroso aún — que, por haberse hundido la ponzoña hasta el propio tuétano de sus huesos, no hay manera alguna de arrancarla del todo; solo puede, con la larga y paciente toma de remedios que cuadren al caso, mantenerla sin que brote por un tiempo, de suerte que el veneno se le pegue aun como los hilos de un corazón enamorado se pegan a un hombre, compañero suyo toda su vida, que jamás se aparta de él.

Es más, las hierbas que entran en la composición de este veneno son de toda suerte, y muchas de ellas son cosas que pueden truecarse por otras; aunque el resultado que obrasen fuera el mismo, sin embargo la particular naturaleza del veneno varía con el hombre que lo compone, y así se vuelve extraña e inescrutable. Y por tanto, desde luego, el antídoto también difiere; solo el que forjó el veneno puede, cuadrando su remedio al caso, tener la ponzoña a raya. Aun otro que asimismo conociera el modo de componer los Hilos de Incienso Entrelazados no podría, con todo eso, ponerse a hacer un antídoto que le cuadre.

De esta suerte, la vida del hombre envenenado yacía por entero en las manos de quien lo hubiera envenenado; nada podía hacer sino obedecer, y no se atrevería a resistir.

El Doctor Mo dio vuelta en su mente a todo cuanto recordaba concerniente a los Hilos de Incienso Entrelazados, y supo entonces de sobra por qué Han Li se tenía tan incommovido, tan libre de toda cuita.

Se rió fríamente por dentro, sin que su semblante mudara nada, y dijo con tono desasido:

—¿Es esta, pues, tu última maña?

—¡Mocoso! Si no tienes otra triquiñuela agazapada tras esto, quédate quietecito y déjate prender.

El corazón de Han Li se le hundió con una pesadumbre súbita. Viendo que el semblante del Doctor Mo jamás había mudado, y que ponía su amenaza en nada, como si no pesara en él ni un ápice, Han Li supo que en algún punto u otro de su cálculo había venido a fallar.

Podía ver que el Doctor Mo ponía de veras ese veneno en nada — que con la ponzoña de los Hilos de Incienso Entrelazados en su propio cuerpo no le importaba nada aquello, que no le había tocado ni el menor nervio.

Y por esta misma razón Han Li supo bien que se hallaba en una desventaja absoluta, que el otro parecía tener en su mano una pesada certidumbre de apresarlo.

Viendo a Han Li así mudo y sin palabra, el Doctor Mo soltó una baja risa, cruzó un destello de astucia por sus ojos, y de pronto bramó:

—¡Esclavo de Hierro, ve a prenderlo!

El mismo instante en que oyó las palabras, Han Li se acordó de que, desde que entrara en la sala, parecía habérsele olvidado por completo alguna persona de gran importancia. No tuvo tiempo de darle vueltas; con la punta del pie enganchó el arma a su costado, y la púa de hierro saltó limpia a su mano por sí misma.

En aquel mismo instante, una vasta sombra negra, llevada por un soplo rabioso de viento, se abalanzó desde un rincón del aposento y se plantó al punto ante él, venida con tal presteza que Han Li de ningún modo pudo esquivar a un lado.

Sin otro remedio, aferró la púa de su mano y la clavó de lleno en el vientre de la sombra, con la esperanza apenas de contenerla un poco, y ganarse así un respiro para escabullirse.

Clavar con una púa corta y puntiaguda en el vientre — de veras fue una pobre elección. Mas Han Li no tuvo ayuda ninguna en ello; el otro era tan descomunalmente alto, y el arma en su mano apenas unas pulgadas de larga, que este era el único lugar donde podía alcanzar.

De golpe sintió Han Li que se había estrellado contra algún monstruo que no era hombre — su muñeca extendida fue herida como por un tronco poderoso, y se le dislocó al punto; su cuerpo fue arrojado unos cuantos pasos atrás de seguido, y la púa de hierro, dando contra una piedra, fue apartada limpiamente y desapareció de la vista.

Furioso y atónito sin medida, apenas hubo Han Li recobrado el equilibrio contra el golpe cuando sintió que la luz ante él se oscurecía, y que la enorme figura venía de nuevo; y entonces un dolor abrasador le asió ambos hombros, que dos grandísimas manos se le aferraron de las clavículas, aprisionándolo como para aplastarlo en pulpa.

Han Li forcejeó con todas sus fuerzas una vez o dos, mas su cuerpo estaba asido como si una montaña entera pesara sobre él, y no pudo menearse un ápice.

En tan apurado trance, no reparó en nada más — alzó la rodilla y la clavó con fuerza en el lugar tierno que había entre las piernas de la enorme figura.

—¡Ay! —Un grito de dolor; el sudor frío de Han Li corrió a chorros, pues aun aquel lugar fatal era duro como el hierro; su rótula se sintió como un huevo estrellado contra una piedra, como si se hubiera hecho añicos en veinte pedazos.

Mas este movimiento suyo pareció encender la ira del otro; la gran mano en su hombro prestó de pronto una nueva medida de fuerza bruta, de suerte que el dolor por poco lo desmayaba, y su cuerpo entero se fue flojo y se derrumbó al suelo.

—Blandamente, Esclavo de Hierro. De este hombre aún tengo gran uso. —En aquel momento peligrosísimo llegó la reprimenda del Doctor Mo.

Apenas habían muerto las palabras en el aire cuando Han Li sintió aligerársele los hombros, y el dolor en ellos muy aliviado. No pudo por menos de respirar más holgado por ello, y le pareció por vez primera que la voz del Doctor Mo caía en su oído de maravilla dulce. Mas, entre su alivio, el enigma que tanto tiempo le royera el corazón se le hizo mayor, en una medida más.

Desde el mismo principio Han Li había notado que el Doctor Mo, fuese cual fuese la causa, en toda coyuntura de importancia contenía la mano contra sí mismo, y era amigo de escatimarle el daño. No habría de creer, desde luego, que el hombre se le hubiera vuelto bondadoso de repente, y lo perdonara de buena voluntad. Debe haber en esto alguna cosa oscura y escondida — algún secreto de que el hombre temiera que no se le ocultara — que atara las manos del otro, de suerte que no osara lanzarse de cabeza a la lid; que si no, no hubiera estado peleando con Han Li hasta esta misma hora.

Han Li resolvió dentro de sí que volvería esta misma cosa en su propia ventaja, y haría con el hombre su trato sobre ella, y así se las compondría para escurrirse de sus garras.

El Doctor Mo se acercó a pararse ante él, pareciendo leerle el pensamiento mismo del corazón; un escarnio burlón le cruzó el rostro. Primero pasó la mano sobre el pecho de Han Li, y de allí sacó un espejo protector del pecho — y no pudo menos que pasmarse en silencio; esto fue, pues, lo que le desviara su golpe de punto.

Movió la cabeza con suavidad, sin decir nada, y luego sacó de dentro de su ropa una caja oblonga de madera amarilla — una caja del más fino trabajo, toda tallada de dragones y fénix, tal que un hombre conocería a simple vista por cosa rara y preciosa, que el vulgo común apenas habría de poner jamás los ojos sobre ella.

Ante la mismísima cara de Han Li, el Doctor Mo abrió la tapa con la debida ceremonia. Dentro yacía una hilera de hojas de plata, de una y la misma forma — una forma extrañísima, que no era ni espada ni cuchillo ni cosa semejante, y sus filos curvos en una media luna, y en tamaño como los de una daga; cosa muy curiosa.

Cuando el Doctor Mo sacó una de las hojas de plata de la caja, Han Li vio por fin que esta extraña hoja era delgada más allá de toda medida — de un grosor como una hoja de papel — y un frío destello corría y parpadeaba por el haz de ella, de suerte que un hombre podía conocer a simple vista cuán filosa era; apta, uno pensaría, para pasar a través de carne y sangre vivas con tanta facilidad como se recorta una vestidura. Más extraño aún — sujeto en el cabo del astil de la hoja había una cabeza de fantasma, con los ojos bien cerrados, la cara verde, los colmillos al aire, y un par de cuernos sobre la corona; monstruosa más allá de todo decir.

El Doctor Mo blandió esta extraña hoja, y desde el rabillo del ojo le lanzó a Han Li una mirada, colmada de significado.

Aquella mirada le entró a Han Li en un horror que le hormigueaba hasta el tuétano de los huesos. ¿Sería posible, a fin de cuentas, que su propia charla de pico de cuervo hubiera dado en el blanco — que el hombre pretendiera usar esta extraña hoja para descuartizarlo?

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