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Chapter 54: El Talismán de Fijación del Espíritu

A Record of a Mortal's Journey to Immortality·Capítulo 54 de 57·~6 min de lectura

Actualizado: 2026-08-12 17:35

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—Han Li, de veras que sabes doblegarte y humillarte como conviene al viento. Mas en cuanto a dejarte marchar… ¿te parece eso acaso posible?

El rostro joven del Doctor Mo se rompió en una leve sonrisa, y el resplandor soleado de ella era tal que podría volver loca a una mujer. Mas la voz que la acompañaba bastó para sobrecoger a Han Li de nuevo.

Pues hablaba ahora con un magnetismo más allá de todo decir, un timbre que caía en el oído con inexpresable soltura, un mundo aparte del yermo y áspero rasposo que había sido su sustento antes. Su voz, por lo visto, no se quedaba atrás de su rostro en belleza.

Era la primera vez que el Doctor Mo llamaba a Han Li por su propio nombre. Y aunque no fueran dichas nuevas, con todo le dio a Han Li una extraña sensación de ser reconocido, mucho mejor que el interminable sonsonete de "muchacho" aquí y "mocoso" allí; y en alguna medida, la turbación de su corazón se le aligeró un tanto.

A mirarlo por el mero exterior, ya no había tacha alguna que encontrar en el Doctor Mo. Hasta el alzar de una mano, el volverse de un miembro, era de una gracia más allá de toda medida — un fino y gallardo caballero de verdad, en quien no quedaba rastro del vejestorio deshecho que había sido. Sin duda en otros años esa misma cara suya había hecho girar las cabezas de no poca de las damas caballerescas de los ríos y lagos.

—Dime llanamente, pues —¿qué es lo que pretendes hacer conmigo? —preguntó Han Li. No era mujer, y así no había de volverse blando y cortés ante este hombre solo porque era sobradamente hermoso de mirar; y además, pues sus palabras no guardaban el menor asomo de dejarlo ir, aún había menos necesidad de mostrarle algún cariño del rostro.

—¿Hacer contigo? ¡Je, je! —El Doctor Mo trabajó sus brazos y piernas, colmados de nuevas fuerzas una vez más, y se desperezó largo y sosegado. Sonrió pero no dijo nada en respuesta a la pregunta de Han Li; en su lugar, sacó aún otro objeto de lo más hondo de su seno.

Esta vez era un paquetito doblado en seda — una seda de un rojo ardiente, deslumbrante, vivo como una llama, con todo hilo y costura labrados del más exquisito cuidado. Claro que no era cosa común.

¿Qué podría estar envuelto en este paño de seda? ¿Podría ser acaso otro de esos extraños y monstruosos instrumentos, como la hoja de plata? Por el momento Han Li se perdonó el apremio de su pregunta, y su curiosidad se le alzó con fuerza.

El Doctor Mo no mantuvo a Han Li adivinando por mucho tiempo. En dos o tres movimientos deshizo el envoltorio de seda, y con el mayor cuidado sacó de él una ajada y arrugada tira de papel amarillento.

Han Li, si acaso, se sintió un poco desencantado — mas en lo más hondo de su corazón le corrió un escalofrío, y recogió sus sentidos con las doce partes de su atención. Pues sabía bien que cuanto más común pareciera una cosa, más imprevistos usos pudiera guardar. El hombre no debía de haber sacado una tira de papel sino para algún propósito ruín, y cuando trajo a la memoria todas las demoníacas travesuras que habían pasado antes, ya no pudo dudar de que había dentro no poco de astucia escondida.

Con dos dedos el Doctor Mo pellizcó a la ligera el papel amarillento, y con la debida ceremonia lo alisó un poco. Solo entonces pudo Han Li distinguirlo con claridad: la tira no era grande, no mayor que la palma de una mano, cortada en un largo y angosto recorte de papel, de tono algo desvaído, como si cargara sobre sí no pocos años.

Lo que más llevaba el ojo era que relucía con luz de plata, pues estaban pintados en él, en brillante laca argéntea, varios extraños símbolos — símbolos de la más descomunal forma, tales que Han Li jamás había visto.

Mas en el instante en que entraron dentro de su mirada, sintió que un poder misterioso se le estremecía en el corazón, y aun el Arte de la Juventud Eterna que corría dentro de él comenzó a hincharse y agitarse más allá de su mando, como si estas mismas marcas lo hubieran despertado del sueño, de suerte que Han Li fue herido de la más grande estupefacción.

Han Li supo que algo andaba mal, y entregó toda su mente al mirar fijamente esos símbolos, buscando arrancar de ellos alguna maravilla oculta.

Pues aquellos símbolos se torcían por un lado y por otro, doblegados y aferrados, y sin embargo dentro de ellos se agazapaba cierto orden; desde su arreglo hasta su misma forma guardaban un hondo y profundo sentido. Solo que el tiempo era harto corto; por el momento Han Li no podría comenzar a descifrarlos.

Pues en ese mismo instante el Doctor Mo había venido a pararse ante Han Li, y viendo el extraño gesto de su rostro mientras clavaba los ojos, hechizado, en el papel amarillento en mano, un fugaz asomo de lástima cruzó la mirada del viejo — mas pasó en un parpadeo, y el rostro volvió a su acostumbrada calma.

Inclinó la cabeza bajo, acercó los labios al oído de Han Li, y dijo despacio con una voz tan suave que apenas alcanzaba:

—Han Li, no me culpes. No tengo ayuda ninguna en ello. ¡Ve tú temprano a que te reencarnes en tu próximo giro del destino! Pues este cuerpo tuyo — pienso tomar posesión de él.

—¿Qué dices? ¿Qué quieres decir con tales palabras? —Arrancado de su ensimismamiento por estas palabras del Doctor Mo, a Han Li se le huyó el alma de pavor; oscuramente sintió que algún hado, acaso el peor de todos, estaba por descender sobre su cabeza.

Sin reparar en el corpachón gigante que se cernía tras él, comenzó a retorcerse y forcejear con todas sus fuerzas, pues llevaba aún sobre sí unos cuantos instrumentillos, y si pudiera echar mano de ellos, tal vez lograra echar la casa a la confusión y cazar alguna ocasión de huida.

—Esclavo de Hierro, sujétalo. No dejes que se menee.

Mas con esta gélida orden del Doctor Mo, la última resistencia de Han Li quedó sofocada. Dos enormes palmas, como un par de pequeñas montañas, se apretaron con redoblada fuerza sobre sus hombros, de suerte que no podía bulle un ápice.

En el rostro de Han Li, gotas de sudor grandes como habichuelas rodaron una tras otra por sus sienes y desde su frente, y con los ojos bien abiertos y los labios mordidos con fuerza, miró desamparado cómo el hombre ante él comenzaba a musitar encantamientos.

El papel amarillento pellizcado entre los dedos del Doctor Mo, al sonido de las conjuras, comenzó a ondear por sí mismo, aunque ningún viento lo removiera.

Los símbolos argénteos sobre él comenzaron, uno tras otro, lentamente a encenderse y a arrojar su misteriosa luz de plata.

Aunque su cuerpo no podía bulle, la mente de Han Li seguía clara, y comprendió que cuando hasta el último símbolo se hubiera encendido en luz, ese sería el mismo instante en que se le dictara su fin.

El semblante del Doctor Mo era grave; no quitaba los ojos del papel amarillento. Cuando por fin aun el postrer símbolo derramó su luz argéntea, un destello de júbilo le cruzó el rostro. Entonces, con un cierto gesto peculiar de las manos, barrió el papel por el aire uno o dos veces.

Luego la sola palabra "¡FIJA!" estalló de sus labios, retumbando como el crujir del trueno primaveral.

En ese mismo instante la tira de papel amarillento fue apretada con fuerza contra la frente de Han Li y quedó pegada allí sin remedio.

En el instante en que el papel tocó su cabeza, Han Li se sintió despojado de todo señorío de su cuerpo. Ni aun parpadear un párpado podía, ni sentir la menor sensación de su marco; mas aún podía ver, y aún podía oír. Solo que su voluntad era ya una extraña a su carne, incapaz de mandarle cosa alguna — de suerte que colgaba ahí como una cosa muerta que aún respirara, un cadáver andante.

Esta sensación era del todo distinta del adormecimiento de un sellado de puntos. Pues cuando a uno le sellan los puntos, aunque no pueda moverse, aún retiene el cuerpo un embotado sentido de su propio ser.

Un pánico frío se apoderó de Han Li. No sabía cómo pretendía el otro trabajar su voluntad sobre él, cómo habría de venir a apoderarse de su cuerpo. ¿Quería decir, pues, que su ruina ya estaba forjada?

—No te apures. Este cuerpo tuyo aún puedes conservarlo por un corto espacio de momentos. —El Doctor Mo habló como si quisiera decírselo de intento; o tal vez no hacía más que murmurar consigo mismo.

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