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Chapter 55: El Tercer Hombre

A Record of a Mortal's Journey to Immortality·Capítulo 55 de 57·~6 min de lectura

Actualizado: 2026-08-12 17:37

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—Tus entendederas corren con demasiada viveza. Si pudieras menearte a tu antojo, entonces a mí me dolería la cabeza. —El Doctor Mo habló sin prisa ni fastidio. Luego, tendiendo un brazo, alzó a Han Li con la mayor facilidad, dio uno o dos pasos, y salió del aposento.

Fuera, el fiero sol del mediodía aún ardía con furia; Han Li tuvo la impresión de que había estado dentro del aposento por un largo rato, mas en realidad no había pasado sino un corto espacio de momentos.

El Doctor Mo llevaba a Han Li como un hombre lleva un saco de mercaderías, paseándose con desgaire junto al jardín de hierbas medicinales al costado de la casa, hasta llegar a un paraje remoto de la cara rocosa. El corpachón gigante también lo seguía de cerca en silencio a su talón, como su propia sombra, sin desviarse un paso.

Por sus ojos Han Li vio con claridad que ante él se había levantado, en algún momento, una casa de piedra que jamás había visto antes. Era muy semejante a la cámara de piedra donde Han Li solía sentarse a meditar, levantada en todo su cuerpo de piedra labrada; la única diferencia era que sus paredes exteriores habían sido simplemente revocadas con una lechada de cal.

A juzgar por los propios materiales de ella, aunque el edificio era tosco en su traza, a las claras no se había terminado sino poco tiempo antes. De conservar aún el don del olfato, sin duda habría olido el acre tufo de la cal recién blanca.

—Esclavo de Hierro, quédate fuera. Si algún alma viviente se acerca a esta casa, mátalo en el acto, y no preguntes nada. —El Doctor Mo dio una sangrienta orden, pues a las claras temía que alguna interrupción fortuita viniera a estropear su negocio.

La puerta de piedra se abrió con facilidad bajo su mano, y sin pensarlo dos veces entró dentro y cerró la puerta con llave tras de sí como cosa corriente. Parecía que la casa no le era extraña — diez contra uno que la había edificado con sus propias manos.

La casa de piedra estaba sellada del todo, sin ventana alguna abierta. Cuando se hubo cerrado la puerta, Han Li esperaba que el lugar se hundiera en una negrura como pez, donde nada pudiera distinguirse. Mas lo que vio fue que el aposento estaba todo salpicado de lámparas de aceite de toda suerte y de velas de todo grosor; en un tan corto trecho de suelo ardía una verdadera hueste de llamas y montones de luces de cera, de suerte que dentro había tanta luz como a mediodía.

La vista dentro dejó a Han Li mudo. Aunque, por supuesto, aunque tuviera una pregunta que hacer, ya no habría podido abrir la boca para formularla.

Mas todo esto importaba bien poco. Lo que más turbaba a Han Li era que, dibujado en pleno centro del suelo de piedra, había un extraño patrón de varios zhang de través. El diseño parecía trazado en algún polvo u otro; qué pudiera ser precisamente, Han Li no podía acercarse lo bastante a distinguirlo, y así, desde luego, no podía saberlo.

Alrededor de los bordes del patrón, en varios lugares, estaban incrustados jades verdes tan grandes como puños. A la luz de las velas el jade destellaba con una nitidez cristalina que mostraba a primera vista cuán rara cosa era. Si algún entendido, amigo de regodearse en semejantes dijes, le hubiera echado el ojo — este fino jade nativo tan desconsideradamente hundido en el desnudo suelo de piedra — sin duda se habría angustiado hasta no pegar ojo por noches enteras.

Han Li estaba mirando embobado desde dentro de su propio cuerpo cuando, con un sordo "¡paf!", su forma fue arrojada al mismo centro del patrón, tendida de espaldas por el suelo, sin nada que mirar sino el techo encima.

Una medida de angustia apretaba a Han Li. En tal momento de crisis, sin modo de espiar los movimientos del Doctor Mo, ¿cómo podía su corazón estar en paz? Mas era un pez sobre la tabla de cortar, y no había remedio. Se consoló un poco pensando que, al menos, no lo habían arrojado boca abajo; que de haber sido así, hasta el techo se le habría quitado.

—¡Puf! ¡Puf! ¡Puf!...

Una retahíla de extraños sonidos se alzó, y Han Li se quedó algo perplejo — pero al momento vio que la luz se había apagado en buena medida, y comprendió que el Doctor Mo había soplado no pocas de las lámparas.

Si lo había hecho por algún hondo designio suyo, Han Li no podía adivinar.

Al cabo de un rato, el Doctor Mo habló de pronto.

—El método que dijiste — ¿de veras ha de servir? Sépase que he apostado todo en ello. —Su voz era fría como el hielo, enteramente clara.

Han Li no podía sacar en claro nada, y quedó muy perplejo. ¿Iba eso dirigido a él? ¡Mas no parecía, ni por asomo! Y sin embargo, dentro de la casa de piedra no había sino los dos. ¿O habíase olvidado tan pronto el Doctor Mo de que él, Han Li, llevaba aún aquella maldita tira de papel amarillento pegada, y no podía abrir la boca en absoluto?

—Jamás ninguna duda. ¿Han sido alguna vez falsas las artes que te enseñé, la del Robo de Almas de los Siete Fantasmas y el Talismán de Fijación del Espíritu? —Sonó de pronto la voz de un hombre desconocido dentro del aposento — una voz joven, según parecía, de no más de unos veintitantos años.

Han Li estaba ya por entero entumecido. Todas las cosas extrañas que le habían acaecido este mismo día eran más de las que había oído contar en todos sus años antes, y así el brotar súbito de otra voz más no se le antojó cosa de maravillarse.

—¡Hmph! Que sirvieran antes — ¿de qué me sirve eso?

El Doctor Mo soltó una maldición, y Han Li se sobresaltó no poco. En otros días esto no habría sido nada notable. Mas pensar que el Doctor Mo, en su presente guisa de fino caballero, abriera la boca y soltara un torrente de tan soez lenguaje — no podía sino dar a Han Li un amargo entretenimiento.

—¿Y si, en el mismísimo trance postrero, me guardaras alguna maña de propósito, y me atraparas en una celada — entonces, ¿a quién iría yo a culpar?

Antes de que el joven pudiera responder, el Doctor Mo siguió por cuenta propia:

—No digas que serás tú la garantía. Pues tú, por tu derecho, deberías ser hombre muerto — y el que te mató fui yo. ¿Puede ser que no me guardes ningún rencor? ¿Que no busques engañarme a escondidas?

Pregunta tras pregunta, y el Doctor Mo no dejaba al otro resquicio para contradecirlo, como si quisiera desahogar sobre ello toda la inquietud que le pesaba en el pecho.

Entonces, además del jadeante jadear del aliento del Doctor Mo, hubo un buen silencio largo.

Por un largo rato no vino respuesta alguna del joven.

Al escuchar Han Li estas palabras, un escalofrío le corrió por el corazón. De modo que este joven aparecido tan de pronto había estado muerto una vez — ¿podía, pues, ser un fantasma? Y recogiendo de su conversación, las mismas artes portentosas que de suyo obraba el Doctor Mo de un tiempo atrás le habían venido de este mismísimo hombre.

—¿Entonces, qué querríais de mí? Ya he jurado un juramento funesto sobre los nombres de mis antepasados, de mis padres, de toda mi familia — aun de todo mi linaje. ¿No es eso bastante para contentarte? —Por fin habló el joven, ardiente e indignado.

Un golpe atravesó el corazón de Han Li. Tan perdido a toda decencia era este mozo que empeñaría a sus parientes más queridos, todos como uno, en un apuesta jurada, y todo solo por ganarse la confianza del Doctor Mo. A las claras él también era nacido de una índole fría y desagradecida. La tenue buena voluntad que Han Li había concebido por él, movido de una compasión compartida de la desgracia, quedó en ese instante barrida por entero.

—Puede que así sea. Ni puedo hacerte nada, pues tu corteza está destruida, y nada queda sino tu espíritu primordial, condenado a no ver jamás la luz del día — poca cosa mejor, dicho con todo, que la aniquilación del alma misma. —El tono del Doctor Mo se suavizó un poco, como si no quisiera desgarrar la propia piel de su compañía.

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