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Chapter 75: Artes Marciales y Magia de Consuno

A Record of a Mortal's Journey to Immortality·Capítulo 75 de 75·~8 min de lectura

Actualizado: 2026-08-13 10:32

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Desde que Han Li hubo dominado el Conjuro del Vuelo del Viento, el interés que tenía por las otras dos artes — el Talismán de Fijación del Espíritu y la Técnica de Movimiento de Objetos — se le acrecentó. Les derrochó un caudal enorme de tiempo y de afanes, confiando en que un día, como con el Conjuro del Vuelo del Viento, llegase de pronto a un entero y repentino entendimiento.

Mas tras estudiarlas una y otra vez, Han Li descubrió, para su sorpresa, que su fracaso en la ejecución de estas dos artes no era, al fin, culpa suya; podía sencillamente ser que no se dieran aún las condiciones externas para lanzarlas.

El Talismán de Fijación del Espíritu, según decían los libros, era un conjuro de talismán, y debía por fuerza trabajarse con un talismán de antemano dispuesto. Por eso Han Li había comprado siempre papel amarillo basto en el pueblo cercano, y, siguiendo los signos y las figuras del libro, había trazado con el pincel sus llamados talismanes. Aunque el libro no decía una palabra de qué pigmento era menester para dibujar los signos, Han Li, acordándose del talismán de Doctor Mo con sus signos de plata, vino a caer naturalmente en el caro lujo de la plata en polvo. Si este pigmento habría de servir a su oficio, no podía decirlo; pero al menos, para lo que a la vista exterior tocaba, estos talismanes de su hechura casaban con los ejemplos del libro exactamente, trazo por trazo.

¡Ay, la semejanza de la forma exterior por sí sola no bastaba!

Cuando Han Li azuzaba estos amuletos con su ensalmo, los signos que llevaban no prorrumpían en la deslumbrante luz de plata que habían arrojado en manos de Doctor Mo, ni venía a pasar maravilla alguna; cabía decir que su lanzamiento había fracasado del todo, y lo había dejado cogido en un atolladero de dilema. Pues no podía discernir si el fracaso brotaba de algún yerro en el canto o en el apretar de los dedos, o de la imperfecta hechura de los talismanes mismos.

Mas tras esta racha de estudio, todo cambió.

Sumergiéndose en toda suerte de libros de talismanes y de doctos tomos acerca de los asuntos de las artes, Han Li dio a la postre con la verdad: los talismanes de los cultivadores no podían ciertamente trazarse sobre el papel y el pigmento comunes que conocen los hombres profanos, sino que debían hacerse de ciertos materiales propios de los cultivadores mismos, y acaso exigieran, además, algún especial método en su hechura. Por tanto, aun si su canto y sus gestos fueran sin tacha más allá de todo reproche, el conjuro jamás podría ponerse en práctica.

En cuanto a la Técnica de Movimiento de Objetos, seguía el mismo razonamiento.

De antes en antes, Han Li había pensado que, para esta arte, solo menester era tomar al azar cualquier objeto para que sirviera de su blanco, y por eso las cosas que azuzaba con los dedos apretados y el ensalmo murmurado eran siempre los muebles comunes del aposento, o espadas y hojas; y, claro está, no seguía el más mínimo efecto.

Pero ahora, despertado por este negocio del papel encantado, le vino al fin al entendimiento que lo que la Técnica de Movimiento de Objetos azuzaba no podía ser la cosa ordinaria, sino que debía ser algún objeto particular y propio de los cultivadores.

Y así, Han Li tomó los extraños y peregrinos adminículos que le habían venido de Doctor Mo — entre ellos la Campana de la Convocacion del Alma, y aquellas siete hojas de plata que iban al ejercicio de la Arte de Robo de Almas de los Siete Fantasmas — y los hizo el objeto de su azuzamiento, probándolos uno tras otro. Mas ni aun así hubo un solo de ellos en quien el conjuro cuajara. Esto abatió las esperanzas de Han Li con gran pesar; parecía que lo que la Técnica de Movimiento de Objetos azuzaba no eran siquiera estos instrumentos, sino otras cosas por completo.

Ahora que conocía la raíz del asunto, y comprendía que sin los objetos propios ni el Talismán de Fijación del Espíritu ni la Técnica de Movimiento de Objetos podían ponerse en efecto, Han Li echó la materia a un lado de su mente, y volvióse en cambio al designio de unir sus artes marciales secretas con sus varios conjuros, con el ánimo de alzar su propia fuerza a toda prisa, y en corto tiempo levantarse otro peldaño o dos.

Con esta descabellada noción metida en el pecho, Han Li emprendió una vez más el penoso camino del templarse a sí mismo — y muy pronto hubo cosechado no escasa obra.

Tras mucho porfiar, logró a la postre trabar el Paso del Humo Errante con el Conjuro del Vuelo del Viento.

Llamarlo trabazón no era sino decir que primero lanzaba el Conjuro del Vuelo del Viento sobre sí, y luego se volvía al Paso del Humo Errante; solo que la cadencia y el engarce entre ambos debían regirse con el más fino cuidado, pues si no, un desliz era cosa de lo más fácil de venir, y solo esto le costó a Han Li no poca fatiga de alma y de cuerpo.

Mas así trabados, los dos defectos — del Conjuro del Vuelo del Viento, que jamás fue hábil en los rápidos tornos y vueltas, y del Paso del Humo Errante, que drenaba las fuerzas con cada vaivén — se fueron poco a poco enmendando; y él vino, en sus mudanzas de lugar en lugar, a mostrarse solo como un relámpago y un trueno — uno a quien se divisa mas jamás se prende. En el negocio del mover el cuerpo, llegó a ser más escurridizo que nunca.

Poco después, asimismo, urdió Han Li su propia invención en el manejo de la Técnica de la Bola de Fuego.

Por su uso propio, cuando la bolita de llama de la Técnica de la Bola de Fuego había brotado, el lanzador debía urgirla con su poder mágico y arrojarla contra su blanco, para matar a su enemigo; tal era el modo original de esta arte. Mas Han Li lo tenía en muy poca estima.

A su parecer, la bolita de fuego impelida por el poder mágico volaba con mucha lentitud, y cualquier maestro de la levedad podía esquivarla con facilidad, lo cual la rodeaba de no poca traba en el trabajo de cerca de la matanza de ríos y lagos, y la volvía cosa un tanto relumbrante y hueca. Así que de la Técnica de la Bola de Fuego lanzaba solo la mitad; una vez que la bola de llama había brotado, no la soltaba ya, sino que, apoderándose de la virtud que tenía de devorarlo todo, la mantenía en su mano y se servía de ella como de una corta arma divina, sostenida con firmeza en su puño.

De esta suerte, con su arte del cuerpo ya llevada a sumo grado de fineza, y con la bola de fuego de blancas llamas que portaba en la mano, Han Li se tenía ahora por seguro de poder matar con facilidad a cualquier maestro que fuera.

Con tales apoyos debajo de sí, Han Li pudo por fin exhalar un suspiro holgado, y no acongojarse más de que sus propias fuerzas quedaran cortas. Ahora podía partir, con una confianza plena y robusta, a la ciudad de Lanzhou, para librarse allí de su veneno.

Y por todo este tiempo, su Arte de la Juventud Eterna, alimentada cada día con sus mejores medicinas tomadas como quien masca golosinas, se había deslizado calladamente a su octava capa, de modo que su poder mágico creció otra medida considerable.

Si se hablara tan solo de la hondura y la cortedad del poder mágico, Han Li en esta hora estaba ya por encima de Yu Zitong tal como el hombre había sido en los días en que aún conservaba su propio cuerpo. Mas si uno hablara del caudal de artes dominadas, o de la destreza en un verdadero duelo de brujería, Han Li no podría dar caza al viejo Yu Zitong ni en mil leguas. Pues Yu Zitong, cuando había adiestrado sus artes dentro de su familia, tenía ancianos de arriba que lo guiaran y correligionarios de abajo con quien esgrimirse, y era un muy lejano grito de un novicio medio ahito como Han Li.

De todo esto no sabía Han Li nada; y aun si lo hubiera sabido, poca mella le hubiera hecho. Jamás se había envanecido hasta el punto de presumir que una o dos artes toscas le permitirían trabar contienda con un verdadero cultivador; los enemigos que entonces lo cercaban eran, en su mayor parte, sino los hombres de pelea del mundo profano.

Así que el ánimo de Han Li estaba de muy buen temple, y justo cuando rebosaba de propósito, alistado para hallar una excusa de dejar la Secta de los Siete Misterios y bajar de la montaña, la Pandilla del Lobo Salvaje puso de repente por delante una súplica de paz entre los dos poderes.

A las nuevas, un gran alboroto se alzó por toda la Secta de los Siete Misterios. Pues por todo este tiempo pasado, había sido la Pandilla del Lobo Salvaje quien llevaba la ventaja en sus encontronazos, apretando a la Secta de los Siete Misterios siempre hacia atrás; ¿cómo, entonces, cuando el viento le soplaba tan favorable, debía el enemigo, de pronto, buscar la paz? ¿No se escondería algún ardid en ello? Tales dudas había en muchos pechos.

Por un rato, las voces de los de la secta a favor de la paz y las de los de en contra se alzaron a la par, y toda alta figura tenía su propio parecer distinto; Li Feiyu estaba entre los más tercos de los disidentes.

Puesto que el alboroto de los que asentían y de los que no asentían era casi parejo, y ninguno podía convencer al otro, al fin el Líder Wang lo zanjó de un tajo de mano: que, a lo menos, fueran a hablar primero con el enemigo; si las condiciones no eran demasiado duras, que se dieran la mano y hicieran las paces; y si resultaban demasiado avaras, la contienda seguiría.

Este designio, que quería aguar el vino por ambos lados, no podía complacer a la una facción ni a la otra; empero era el único modo de enhebrar la aguja entre ambas, y así por fuerza había de valer.

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