Han Li miró el rostro de Li Feiyu, que de tiempo atrás se venía volviendo más imperioso y soberbio, y quedó en silencio, pues no sabía qué palabras convenían.
De pronto, el fiero aliento que rodeaba a Li Feiyu se recogió y se puso a un lado, y volvió a su desenfadado y burlón ser. Guiñó un ojo a Han Li y soltó una gran risa.
"¿Qué tal? ¿No fue bastante imponente mi porte, eh? ¿No destilé a chorros el aire de un señor de la contienda, viva estampa del héroe nacido para labrarse un imperio, de modo que ya estás más presto a echarte a mis pies, rendirme pleitesía y jurar lealtad en el acto?"
Estas palabras dejaron a Han Li perplejo entre el llanto y la risa. El discurso que fue por delante le había conmovido algo; mas el que vino después atravesó de parte a parte la pose del hombre y lo trajo de nuevo a su verdadera medida.
Han Li clavó en él un ojo avinagrado por largo rato, y luego, rechinando los dientes, respondió:
"¿Señor de la contienda? ¡Señor de las osas, más bien!"
Li Feiyu, sin cuidarse ni un ápice, prorrumpió en una gran carcajada, riendo con el mayor desahogo, como si el solo poder causar por un instante asombro a Han Li fuera para él un placer sin tasa.
Han Li, empero, se fue serenando poco a poco. En medio de la risa del otro, habló con voz llana y fría:
"De antemano te lo advertí, y bien sabes la encrucijada en que te hallas. Así que te pregunto una vez más, y con todo cuidado: si disuelves tu arte, aún puedo ganarte muchos años más de vida, y de esa suerte podrás morar largamente con la doncella Zhang. ¿No querrás pensarlo otra vez?"
La risa de Li Feiyu se le murió en la garganta. Se le oscureció el semblante; de sus ojos prorrumpieron unas cuantas saetas de luz que clavó de lleno en Han Li; mas ninguna palabra quiso devolver.
Han Li, por su parte, vestía un rostro de perfecta calma, sin traicionar el menor asomo de sentimiento, y se encontró la mirada del otro con ojos tan claros como el agua.
Pasó entero el término de una taza de té antes de que Li Feiyu retirara la luz de sus ojos, y se le compuso algo el semblante.
"Han Li, bien sabes que jamás acariciaré el pensamiento de disolver mi propia arte por mi libre albedrío. Sé que me quieres el bien, pero no hables más de ello, te lo ruego", dijo, forzando una sonrisa, y se le coló en la voz una nota de súplica.
"Y repara — si yo me volviera un hombre vulgar, que ni atar un ave pudiera, ¿la doncella Zhang habría de estimarme en algo?" Estas palabras las dejó caer Li Feiyu con no poca burla de sí mismo.
Han Li quedó en silencio. Volvió la cabeza a un lado y miró por el senderillo por donde Li Feiyu había venido, contemplándolo por un espacio, y luego habló con voz baja y firme:
"Puesto que lo tienes resuelto, no he de apremiarte más. Vuelve ahora, y quiera el cielo que tú y la doncella Zhang Xiuer llevéis vuestro asunto a buen fin."
Cuando oyó esto Li Feiyu, la alegría le cruzó el rostro al punto; palmoteó a Han Li con brío en el hombro unas cuantas veces.
"Buen hermano, estas son las palabras que me placen oír, y las más regocijadas que he oído en el día. Me despido de ti, pues."
Y con esto se alzó de un salto ligero, y tras unos pocos brincos y carreras desapareció del todo al cabo del senderillo, sin que quedara rastro alguno de él.
"¡Me duele!" De pronto, Han Li se llevó la mano al hombro. Aquellos pocos manotazos de Li Feiyu habían ido secretamente echados con su fuerza interna, de suerte que el hombro se le había alzado e hinchado, como un panecillo rojo al vapor, que no podía tocarse en modo alguno. En verdad había comido una hartura considerable de desventura.
"¡El bribón! Por pagarme el haberle puesto el dedo en la llaga, me juega una partida tal con sus mismas palmas.", pensó Han Li mientras hacía muecas de dolor, sacando a toda prisa un ungüento de su seno, abriéndose las vestiduras y aplicándoselo al hombro.
"¡Ay! La única vez que se me remueve la conciencia para algún bien, y ¡ved lo que saco! Nunca fui hecho para las buenas obras. Mejor vuelvo a rumiar mis artes. Esta emboscada suya solo la he de cobrar cuando nos topemos de nuevo." Así meditó Han Li, no muy complacido.
Pasaron meses de continuo, y aun pasó muchísimo más tiempo, y Han Li entraba ya en su año décimoctavo.
Durante todo este tiempo, la Secta de los Siete Misterios, hostigada sin cesar por las arrastradas usurpaciones de la Pandilla del Lobo Salvaje, le había por fin declarado guerra abierta. Desde aquel día, allá donde los dos poderes se tocaban por su linde común, sin fin de conflictos grandes y pequeños estallaban, y no pocos de los compañeros que habían subido a las montañas con Han Li en aquellos días primeros fueron tragados por estas luchas, cosa que le movió a no pocos suspiros.
La gran campana fuera del valle, por razón de las filas cada vez más crecidas de los heridos, era tañida con una frecuencia más allá de toda costumbre; y esto dio a Han Li ocasión de practicar muchas artes de curación de la mayor dificultad, de modo que su destreza en la medicina creció a grandes pasos.
Y aun con la maravillosa maña de Han Li para traer de vuelta a la vida a los moribundos, no pocos de los mandos medios y altos de la secta cayeron en rápida sucesión. Unos fueron muertos en el mismo campo de batalla; otros, heridos de excesiva gravedad, murieron junto al camino, sin que siquiera asomara la ocasión de que Han Li desplegara su pericia. Y por esto mismo, de uno y otro lado no pocos mozos de pro se alzaron a la fama y asentaron los pies en los altos puestos que habían dejado vacíos los caídos.
Los Cinco Endemoniados, las Tres Águilas y los Dos Leopardos de la Pandilla del Lobo Salvaje, y los Siete Héroes y los Dos Paragones de la Secta de los Siete Misterios, eran los más afamados de todos; y Li Feiyu era uno de los Dos Paragones. Por haber degollado con su propia mano a un Abanderado de Túnica Púrpura del enemigo, había ascendido a submaestre de sala del Salón del Filo Exterior, cargo de no poca autoridad y dignidad; y su amor por Zhang Xiuer había asimismo crecido a todo correr, hasta que ambos se hallaban ya al mismo borde de la boda.
Cuando Han Li supo esto, no pudo sino exhalar un suave suspiro, pues no sabía si Li Feiyu había hecho bien o mal. No era Li Feiyu, al fin y al cabo, y no se había puesto donde el otro se puso; no puede uno pesar de veras los derechos y los yerros de un asunto si no lo ha vivido por sí mismo.
Mas si el escogimiento fuera propio — mirar, sin pestañear, cómo la doncella que uno amaba se arrojaba en brazos de otro — Han Li se preguntó, y no pudo, ni habría podido, hacer la cosa. Y con todo, casarse con la moza sabiendo de cierto que estaba fatalmente condenado a morir — también eso parecía un valor que excedía sus fuerzas.
Así que Han Li escogió antes hacerse el sordo y el mudo por un tiempo. Pues entre los hombres hay siempre una gradación de lo cercano y lo lejano, de lo querido y lo apartado; Li Feiyu era su amigo del pecho, así que, por naturalidad, se inclinó algo hacia él, y en esto su conciencia quedó perfectamente en paz.
Además de todo esto, otro asunto de la mayor trascendencia había venido a pasar, uno que le embargaba la mayor parte del pensamiento y no le dejaba seso que gastar en el otro.
Tras incontables fracasos, Han Li había por fin llegado a dominar el uso del arte llamado Conjuro del Vuelo del Viento.
Como la Técnica del Ojo Espiritual, el Conjuro del Vuelo del Viento era un conjuro del linaje auxiliar, tal que solo podía lanzarse sobre la propia persona del lanzador y jamás echarse sobre otro. Mas su provecho en la práctica superaba con mucho al de la Técnica del Ojo Espiritual.
Una vez lanzado el Conjuro del Vuelo del Viento, Han Li se sentía ligero como una golondrina; un mero toque de la punta del pie en el suelo le llevaba varias varas de allí sin esfuerzo alguno. Esta gloriosa sensación de correr a rienda suelta por el llano, de echarse todo tras de sí con facilidad, le agarraba como a un apego, de modo que cada día había de zumbar por el valle cinco o seis circuitos antes de hacer alto — para todo el mundo viviendo el sueño de un maestro de levedad.
Claro que esta suerte de avivamiento era de muy otra especie que el Paso del Humo Errante. Aquella arte secreta, el Paso del Humo Errante, era cosa de enhebrar por fisuras y rendijas, de volver posible lo imposible, ganando celeridad sobre un trecho corto a costa del derroche espléndido de las propias fuerzas; era un andar del más maravilloso desempeño en lugares angostos y encerrados.
El Conjuro del Vuelo del Viento era del todo distinto. Una vez lanzado, salvo un lento e ininterrumpido drenaje de poder mágico, no ponía sobre su cuerpo carga alguna, de modo que podía correr al galope sin límite y no desfallecer jamás por falta de aliento. Y este avivamiento se sostenía mientras le durara su poder, o hasta que él mismo escogiera dejar en caída el conjuro. Por esta razón solía echarse mano de él los cultivadores de baja estofa para los viajes de largos caminos o las travesías apresuradas, y en verdad podía contarse entre aquellas artes de las que ningún cultivador novel que anduviera fuera de casa podía permitirse carecer.