—Este es el segundo asunto que quiero poner ante ti —dijo Loto Blanco, con la voz arrastrándose—. Salva a ese ser del agua inocente.
Sus palabras parecían flotar junto al oído de Jiang Chen, y no menos horadarle el corazón, interrogando su mismísima alma.
—Así pues, ¿qué harás ahora? ¿Negarte — o cumplir tu juramento?
Jiang Chen desenvainó la espada.
Se abalanzó desde su escondite, hombre y hoja fundidos en una sola línea vertical, hendiendo el aire, y en el espacio de un aliento se cerró sobre el hombre de negro. El hombre, que se dedicaba a esa labor en el Río Claro, estaba alerta por naturaleza, un sello de mano ya formado y a punto.
Un Escudo de Ola de Agua se alzó para cerrarle el paso.
El único tajo de Jiang Chen lo rasgó, y siguió adelante, aura violeta en espiral hacia los cielos. Obligado a defenderse, el hombre de negro arrojó el saco de su hombro directo contra Jiang Chen.
En tiempos pasados, una vez lanzado ese golpe tan feroz, Jiang Chen jamás habría podido refrenar la mano. Pero tras todo este tiempo cruzando golpes con Zhao Lang, la arte de matar de su Espada del Amanecer Violeta se le había vuelto algo natural, y podía doblegarla a su voluntad en un instante.
La inercia de la hoja se disipó al punto. Jiang Chen extendió la mano, atrapó el saco, y giró sobre sí varias vueltas, desplegando la fuerza que contenía mientras a la vez mantenía la guardia frente a su adversario.
Pero el hombre de negro ya había aprovechado esa brecha para huir lejos y deprisa. Se dedicaba a ese oficio en el Río Claro; si la armada de agua del Río llegaba a atraparlo, sería una muerte al instante, sin que nadie en el mundo pudiera salvarlo. Así que no se atrevió a demorarse ni un solo intercambio.
Jiang Chen tampoco le dio caza. Con un tajo de su hoja abrió el saco y vio en su interior a una doncella de almeja, inconsciente y casi desnuda.
En su forma externa era por completo una belleza humana, salvo que dos conchas de almeja cubrían su pecho. Jiang Chen se desató al punto la prenda exterior y la cubrió con ella. Luego le buscó el aliento y juzgó que aún vivía. Alzó una mano en un sello, juntó un vaho de agua, y lo posó sobre su rostro.
La doncella de almeja se despertó despacio. Al ver a Jiang Chen, se sobresaltó; luego, llevando la mano a la ropa que la cubría, recobró cierta calma.
—No se alarme, señorita. —El tono de Jiang Chen era suave—. Al que la secuestró ya lo ahuyenté yo. Puede volver ya al Río Claro.
La doncella de almeja se aferró a la ropa sobre sí, los ojos medio asustados, medio melancólicos, la voz dulce y aferrada.
—Este humilde ser se llama Xiao Shuang. ¿Me permitiría este siervo preguntar el nombre honroso de mi salvador?
—Mi nombre no importa. Solo deseo que sepas que, entre la raza humana, no todos son malvados. Habrá quien te dañe, y habrá quien te salve. La noche es honda y el rocío pesado — date prisa en volver a casa, no sea que tu familia se preocupe.
Los seres del agua nacen todos con meridianos del Dao; no son débiles que se degüellan al antojo de otro.
Xiao Shuang estudió a Jiang Chen un largo momento, y entonces, asiendo la ropa sobre sí, se disolvió en un hilo de agua y se lanzó al Río Claro ondulante.
—Ya está — la belleza se ha ido lejos —. Solo entonces Loto Blanco apareció ante Jiang Chen, pasando a propósito una mano ante sus ojos. Fuera lo que fuese que estuviera pensando, no le concedió atención.
Jiang Chen volvió en sí y notó que Loto Blanco tenía a un hombre de negro cogido por el brazo.
—¿Esto es...? —frunció el ceño.
Loto Blanco encontró su mirada con aquellos hermosos ojos suyos, sonriendo todo el tiempo.
—Debo decirte — el oficio de arrebatar criaturas del agua no es cosa que cualquier poder pudiera ejercer. Mostraste tu rostro esta noche. De haberlo dejado correr, la fuerza que está tras él tendría tu historia entera al desnudo antes de que pasara un día. Entonces tu vida no sería la única tendida sobre el cuchillo, sino la de tus hermanos, la de tus amigos, la de tu hermanita...
Aun mientras reía, arrojó al hombre de negro al suelo.
—Así pues. Ahora se abre ante ti una elección.
Casi antes de que las palabras salieran de su boca, la hoja de Jiang Chen ya había trazado una línea sobre los puntos vitales del cautivo.
—No tuve elección.
Jiang Chen guardó la espada, con la expresión endurecida.
—Eso es lo que querías decirme, ¿no es así?
—No —rió Loto Blanco—. Lo que quería decirte es que tras este hombre está la Oficina de Ejecución de la Justicia — está Zhuang Ting — está aquello mismo que anhelas.
Estaba tan complacida consigo misma, parecía, que la alegría de su voz no podía ocultarse.
Y el rostro de Jiang Chen quedó quieto y sombrío como el agua.
—No lo creo —dijo.
—Entonces explícalo —prosiguió Loto Blanco—. Explica por qué, tras siglos como aliados, Zhuang Ting tiembla tanto ante la idea de un alzamiento de los seres del agua del Río Claro. ¿Por qué, en cuanto la armada de agua se agita, la guardia de toda la comandancia del Río Claro se vacía casi por entero para salir a su encuentro — dejando tan vasta una brecha que la calamidad de la Villa del Bosquecillo pudo acontecer?
Dijo:
—Porque saben demasiado bien lo que han hecho. Demasiado bien que si la prueba cayera una vez en las manos, el Palacio de Agua del Río Claro bien podría apartar todo freno y librar una guerra abierta.
Jiang Chen guardó silencio.
—Zhuang Ting — ¿qué es en tu corazón? ¿Luz? ¿Grandeza? ¿Una figura como un padre?
—¿De verdad crees que la Oficina de Ejecución de la Justicia se vació antes del caso de la Villa del Bosquecillo para cazar al Demonio Devorador de Corazones?
—¿Un solo y miserable Demonio Devorador de Corazones, digno de movilizar a tantos hombres? Su fuerza real estaba toda 'custodiando' esas bestias asesinas.
Jiang Chen ya no pudo guardar silencio, y su voz salió ronca y tensa.
—Eres como un demonio. Me arrastras paso a paso al abismo.
—No me calumnies — nadie te arrastra. De la Balanza de Jade hasta este lugar, todas son elecciones que hiciste tú mismo. ¿Verdad?
—Me conoces muy bien. Pretendes darme una elección, sabiendo muy bien que no tengo ninguna. —Jiang Chen la miró—. ¿Quién eres, en verdad? ¿Cuál es tu propósito?
—Soy... —Loto Blanco habló bajo, como a punto de dar una respuesta sincera, pero entonces rompió en una risa displicente—. Tu salvadora.
—Te agradezco mucho que me salvaras la vida. Pero, siendo honesto, ahora mismo casi desearía que no lo hubieras hecho. —Había dolor en la voz de Jiang Chen — el aguijón de una fe que se derrumba. Estaba demoliendo el sistema de valores que había construido con los años, y de sus ruinas habría de nacer uno nuevo.
Era un proceso agónico.
—Entonces, ¿quién cuidará de tu hermanita?
—Mis hermanos la atenderán muy bien.
—Eres muy ingenuo. En este mundo nadie puede estar seguro de cuidar de otro — ni siquiera tú acertarías, y mucho menos esos hermanos jurados tuyos. ¿Has olvidado cómo murió Fang Heng?
Jiang Chen dijo con gravedad:
—Eres demasiado sombría.
—Jeh. —Loto Blanco soltó un leve bufido—. Simplemente no soy ingenua.
—El asunto está hecho. Me voy. —Jiang Chen no quería más de aquella charla; en palabras jamás había sacado ventaja sobre Loto Blanco.
—Antes de irte, considera una pregunta más —llamó Loto Blanco a sus espaldas—. Si las gentes sacrificadas en la Villa del Bosquecillo dieron su vida para salvar a más de aquellos aldeanos comunes que viven en tales condiciones — para liberarlos de su mísero destino de 'pienso' para esas bestias asesinas — entonces, ¿fueron de verdad malvados?
Observaba su espalda, a la espera de su ánimo, preguntándose si acaso cambiaría.
—¿O es, quizá, otra clase de justicia?
Jiang Chen se detuvo en seco, y se volvió de golpe. Oprimía su espada, fuerza, con su larga cabellera al viento.
—¡Esos malditos mestizos! Sea cual sea la causa que les pongan encima, sea cual sea la excusa que arrastren, no tienen nada que ver con la palabra 'justicia'. Loto Blanco, te debo una vida. Pero si estás de su lado, entonces recógela tú.
Durante un instante, tanto el viento como la luz de la luna enmudecieron.
Loto Blanco parpadeó, y entonces rompió en una risa bonita y ligera.
—¿Qué dices? Claro que estoy de tu lado.
—Hay cosas que no son de guasa, Loto Blanco —dijo Jiang Chen, con bastante seriedad.
—Ya, ya. —Loto Blanco asintió con desdén, e iba a decir algo más cuando, sin aviso, lanzó contra Jiang Chen una palma abierta, una corriente suave de fuerza que lo hizo girar en el aire y lo impulsó hasta diez zhang de distancia.
—No mires atrás. Huye.
En el aire, a Jiang Chen no se le ocurrió volver la cabeza.
Porque ya había sentido la llegada de aquella presión terrible, como una montaña que se abate, como un río que se derrumba.
Pero por más que huyera de espaldas, alcanzaba a vislumbrar el fulgor blanco que estalló en un instante tras él, glorioso y cegador.
La luz era de una violencia inenarrable, de una brillantez inenarrable.
Y en ese instante, pareció tragarse todo sonido, y cubrir toda vista.
Aun de espaldas a ella. Aun viendo solo su borde.
Le escocía los ojos, y las lágrimas no cesaban.