Cuando Han Li hubo puesto una buena distancia entre él y aquel acantilado, el estruendo de aquellas voces se fue desvaneciendo entre los árboles hasta no ser más que un murmullo apenas perceptible. Qué iba a ser de la disputa entre Wang Dapang y Zhang Changgui, y cómo acabaría, era cosa que ya no le concernía en modo alguno.
En cambio, su mente volvió a la figura de Jin Dongbao, plantado en el borde del pinar mirándolo partir con perplejidad de tonto, y Han Li no pudo contener una sonrisa. Aquella broma de prometer curas gratis a un desconocido había aligerado parte de la pesadumbre que le oprimía el corazón, y esa ligereza se fue esparciendo por él, ahuyentando la antigua melancolía que había escoltado sus pasos.
Atravesó el pinar y se internó hacia parajes cada vez más apartados, yendo a dar, tras vagar un rato, con un arroyuelo que serpenteaba manso sobre piedras gastadas por los años.
Han Li entrecerró los ojos ante el sol ardiente, y luego los dejó caer sobre el agua clara que pasaba junto a sus pies. Lavarse la cara y las penas en semejante arroyo le pareció una idea de lo más oportuna.
Se agachó, y en el instante en que hundió las manos en el agua fría, una sarta de quejidos dolorosos llegó flotando desde el curso alto del arroyo.
Siguió el sonido del sufrimiento aguas arriba y pronto dio con un hombre vestido de discípulo interior, tendido boca abajo a la orilla, con todo el cuerpo sacudido por convulsiones incesantes y las extremidades temblando como si estuviera poseído. Una sola mirada bastó para que Han Li comprendiera que aquel era un mal agudo, cuyo arrebato, tan súbito y tan salvaje, bien podía costarle la vida de no recibir auxilio a tiempo.
Sin dudar un instante, Han Li se abalanzó. Del pecho sacó una cajita de sándalo y de ella un haz de relucientes agujas de plata. Con golpes rápidos y certeros las fue clavando en los puntos de la espalda del hombre, moviendo las manos con una soltura que delataba largos años de práctica. Terminada la espalda, le dio la vuelta al cuerpo inerte para continuar por el pecho.
No bien el rostro del hombre quedó a la vista, a Han Li se le escapó un jadeo de sobresalto. El que pendía de un hilo no era otro que el "hermano mayor Li", el mismo que momentos antes había desplegado tan temible destreza en el acantilado.
Han Li observó con renovado cuidado aquel rostro que no hacía mucho había vislumbrado. ¿Dónde estaban ahora las gracias que habían hecho del hombre el favorito de aquella multitud? Su semblante frío y adusto estaba torcido por el dolor, un hilillo de espuma blanca manándole por la comisura de los labios. El tormento le había arrebatado el juicio por completo.
Repuesto su temple, Han Li se puso de nuevo a la obra, sembrando agujas por el cuerpo del hombre en un ritmo fluido hasta clavar decenas y decenas. Al hincar la última, se enjugó el sudor de la frente; aquel método de emergencia no era carga leve para quien lo aplicaba.
Cuando por fin todo el cuerpo del hermano mayor Li estuvo erizado de relucientes agujas, sus ojos parpadearon, y la conciencia volvió a él.
"¿Quién... quién eres tú?" Hizo esfuerzos por hablar, pero su aliento era demasiado débil, y las palabras murieron en su garganta.
"Soy del Valle de las Manos Espirituales," respondió Han Li. "No hables ahora: guarda las fuerzas. Solo he podido despertarte por un momento. Este mal tuyo es cosa extraña, y dudo que alguien que no sea el Doctor Mo pueda esperar sanarlo. Lástima que ahora mismo no esté en la montaña." Le tomó la muñeca y le palió el pulso, frunciendo el ceño.
"El... el remedio... está..." La alarma se apoderó del rostro del hermano mayor Li, y sus labios se movieron sin sonido mientras pugnaba por alzar un brazo y señalar algo, pero el esfuerzo venció sus fuerzas.
"¿Llevas encima el remedio para tu mal?" adivinó Han Li, leyendo la intención del hombre.
"Ái—" El alivio aflojó el ceño del otro, que con gran esfuerzo logró asentir.
Han Li no perdió cortesías en registrarlo, sacándole un montón de baratijas entre las que al fin tropezó con una botellita de jade blanco. Un frasco tan precioso, tan bien sellado... seguro era justo lo que buscaba.
La tomó y volvió la vista al rostro del hermano mayor Li en busca de confirmación. En efecto, sus ojos brillaban de alegría, y parpadeó con furia a modo de asentimiento.
Han Li destapó la botella. Para su asombro, no salió ninguna fragancia agradable; en cambio, de la boca del frasco brotó de golpe un olor espeso, acre y nauseabundo que le dio de lleno en la cara.
Ante semejante hedor se le ensombreció la expresión. Volcó la botella e hizo rodar en la palma una sola píldora rosada y tierna. Cosa tan bonita, regordeta como una mejilla de doncella, y sin embargo despidiendo un olor tan fétido. Difícil de creer.
"¿Es esta la píldora?" preguntó Han Li, con el rostro otra vez sereno y sin expresión.
El hermano mayor Li estaba demasiado agitado para responder con palabras, y solo volvió a parpadear.
"La Píldora que Drena la Médula," dijo Han Li, con la voz llana como una recitación, "se compone de veintitrés ingredientes rarísimos: entre otros, la hierba gelesia, la flor de cola de escorpión, las huevas de la hormiga azul centenaria y más. Una vez refinada, toma un tinte rosado y despide un hedor singular. Tomada, puede sobregirar por completo las reservas del cuerpo, empeñando años de vida futura para comprar un veloz acrecentamiento del poder presente. ¿Es todo esto como yo digo?" Pronunció las palabras una a una, en un tono que no admitía réplica.
Ante esto, el rostro del hermano mayor Li se desangró de todo color, quedando blanco como un sudario; un terror desnudo le cruzó los ojos.
"En cuanto se toma esta droga," prosiguió Han Li, "debe volverse a tomar a intervalos fijos, y cada dosis se paga con los tormentos inhumanos de los tendones en convulsión y la médula drenada. Si se omite, lo menos es que el cuerpo se te quede flojo y paralizado; lo peor, que pierdas la vida. Y aun sin faltar jamás a las dosis, dentro de los diez primeros años de aquel primer trago un hombre está condenado a consumir su vida hasta los posos y a morir de la sobregira."
Se detuvo, clavando la mirada en el otro. "Dime que esta botella no contiene la Píldora que Drena la Médula." Las palabras cayeron como piedras. Ante ellas, la última esperanza se le derrumbó al hermano mayor Li, reemplazada por una expresión de desesperación absoluta. Y aun así, hasta el último instante, le asomó a los ojos un pasmo incrédulo e involuntario.
"¿Estás asombrado, verdad?" Han Li vio la pregunta tras la frente del hombre y volvió la conversación sobre sí mismo. "Una píldora tan rara, y sin embargo la reconozco a simple vista... ¿cómo puede ser? La razón es sencilla. Yo también me he tragado una de estas píldoras."
Las palabras cayeron como un trueno. El hermano mayor Li quedó aturdido; pero casi al punto su rostro mostró una clara incredulidad.
"Mi manera de tomarla difirió de la tuya," dijo Han Li. "Solo usé una píldora, y esa misma partida en diez porciones la tomé en días distintos, cada pedazo de tónico para otra medicina. Así no me hizo daño alguno. Como su figura y su hedor desentonan tanto, su recuerdo quedó grabado en mi mente. Siempre creí que, aparte de la que probé, no podía haber en el mundo otro loco que se tragara de veras semejante droga secreta. Nunca se me pasó por la cabeza que dentro de nuestra propia secta hubiera un hombre así."
Al terminar, Han Li miró al hermano mayor Li con una mirada a la vez de admiración a desgana y de lástima.
El hermano mayor Li no pudo sostener aquella mirada, y dejó caer los ojos, con el pecho subiendo y bajando en gran turbulencia: señal clara de la conmoción que ardía en su interior.
"Llevas tomando esta píldora ya varios años, me figuro," dijo Han Li. "Si la abandonas desde hoy, puedo suplicar al Doctor Mo que te confeccione un remedio secreto de otra clase. No alcanza a recuperarte toda la vida que has malgastado, pero concederte otros veinte o treinta años está bien dentro de su poder. A cambio, tus artes marciales no se conservarán. Si, en cambio, te empeñas en esta píldora, a juzgar por el ataque que te ha asaltado hoy te quedan a lo sumo unos cinco o seis años, aunque tu destreza avanzará en ellos de prisa. Eres un hombre de temple resuelto para atreverte a tomar tal droga. El ajuste de cuentas de tu propio cuerpo es cosa tuya. Dime, pues: ¿te tragas esta píldora, o la arrojas?"