Han Li observó la figura de Li Feiyu que se alejaba hasta quedar reducida a una mancha tenue y perderse entre los árboles lejanos. Permanecía clavado en el suelo, callado, inmóvil, sumido en profundos pensamientos.
Aquel mismo mediodía habían acordado que Li Feiyu vendría a recoger la medicina al día siguiente; y apenas sellado el trato, el hombre se había despedido de Han Li, diciendo que debía volver a cuidar sus fuerzas un poco más. A lo largo de todas las horas transcurridas desde entonces, Han Li no había vuelto a preguntarle ni una sola vez por qué tomaba aquel remedio secreto y ruinoso. Sabía bien que, aun de preguntarle, la pregunta no cambiaría nada de lo ya hecho.
Puesto que el hombre prefería arrojar por la borda todos los sueños de su futuro, trocándolos por el pasajero esplendor y la gloria del «hermano mayor Li» del presente, sus motivos para no tener más remedio debían ser seguramente de peso. Ningún hombre se mata a sí mismo de grado—ni siquiera por grados lentos, ni siquiera cuando el precio se paga en agonía. Y si Han Li le hubiera forzado a contar sus razones, no habría hecho sino reabrir, haciendo sangrar de nuevo, una herida que apenas empezaba a cicatrizar.
Con claridad, Han Li había juzgado con acierto. Al despedirse, viendo Li Feiyu que Han Li no le había apremiado una sola vez sobre por qué tomaba la Píldora que Drena la Médula, quedó hondamente agradecido por semejante consideración, aunque no dijo palabra de ello. Pero Han Li sabía muy bien que el otro le debía ahora otro favor, grande o pequeño.
Han Li estaba resuelto a cumplir el trato a la letra. No solo guardaría en secreto lo del hombre, sino que había decidido que, en el instante mismo de volver al valle, compondría un remedio secreto capaz de apagar el dolor que lo atormentaba.
¿Por qué se tomaba tantas molestias? Por la razón más llana del mundo: puesto que Li Feiyu no era un malvado, y no había llegado a intentar abatirlo de verdad, Han Li haría que el hombre le quedara debiendo un favor aún mayor—un favor tan grande que no pudiera negarse a cumplir cualquier petición que Han Li le hiciera en los días por venir.
En los años que le quedaban, la destreza marcial de Li Feiyu no podía sino ascender y ascender. Y cuanto más alto subiera ese arte, más probable era que el hombre llegara a servirle de algo a Han Li. Aun cuando Han Li no tuviera necesidad de su ayuda a lo largo de todo ese tiempo, ¿qué importaba? Prestar una mano ligera y honrada a quien no es un gran bribón es de por sí cosa grata, un consuelo para el cuerpo y el alma por igual. Li Feiyu podía no ser un hombre cabalmente bueno; pero al menos, después de todo lo ocurrido este día, jamás volvería a causar daño alguno a Han Li.
Han Li dio vuelta a todo el asunto en la mente, de principio a fin, y juzgó que no había cabido nada en falta. Solo entonces emprendió el camino, a paso reposado, de vuelta hacia el Valle de las Manos Espirituales.
Llevaba de vuelta en el valle apenas un momento cuando se puso a preparar el remedio secreto que Li Feiyu necesitaba. El fármaco que atenúa la percepción del dolor por el cuerpo no era nada difícil de componer: todos sus ingredientes podían hallarse en el jardín de hierbas del valle, y solo la elaboración resultaba tarea delicada, que exigía manos pacientes y cuidadosas.
Tras una tarde de afanosa labor, Han Li había terminado el remedio ya elaborado, en cantidad suficiente para durarle a Li Feiyu un año entero. Podría haber hecho más, sin el menor esfuerzo; pero no lo hizo, pues esperaba que el hombre se viera obligado a volver por una provisión nueva cada año, y no dejara que esta deuda de gratitud se le resbalara de la memoria poco a poco.
Al caer la noche, Han Li hizo una cosa poco habitual en él. Sacó una silla hasta la puerta de su alojamiento y se sentó en ella, alzó la vista hacia el cielo oscuro y sembrado de estrellas, y contempló fijamente la luna brillante, perdido en sus pensamientos.
Estaba recordando otra vez a su familia.
Habían pasado ya más de cuatro años desde que dejara a su padre y a su madre. Desde el día en que subió a las montañas, había practicado la fórmula casi a diario con todas sus fuerzas, sin dejar tiempo para las preocupaciones de la casa, y jamás había bajado de la montaña para visitar su hogar. Solo había mandado decir que una buena parte de la mensualidad de plata se llevara a su familia; y a cambio, año tras año, recibía una única carta, escrita por el viejo tío Zhang a instancias de sus padres, diciéndole que estaban bien. De noticias había bien poco—tan solo que la vida en casa había mejorado mucho: su hermano mayor se había casado y establecido su propio hogar, y también se había hallado una buena novia para el segundo, con la boda muy probablemente el año venidero. Todos esos cambios se habían debido tan solo a la plata que Han Li enviaba a casa. Sin embargo, a través de los saludos de aquellas pocas cartas, Han Li había advertido con mirada atenta y sensible que el trato de los suyos hacia él se volvía cada vez más formal—tan formal, al cabo, que olía a la cortesía que se dispensa a un desconocido. Al principio, este sentimiento inesperado le asustó profundamente, y no supo cómo responder a ello. Pero conforme pasaba el tiempo, por razones que no habría sabido nombrar, aquel miedo se había aplacado extrañamente, y los rostros de su familia se habían desdibujado poco a poco en su imaginación.
Solo en noches como esta, cuando su ánimo se removía ante la escena que lo rodeaba, recordaba de nuevo a sus parientes y rememoraba la cálida y querida sensación de estar en casa—una sensación hoy tan rara que casi se le había perdido, y por ello tanto más dulce y preciosa. Saborearía ese gusto despacio, gota a gota.
Han Li posó una mano sobre el pecho, y a través de la tela de su túnica sus dedos acariciaron la bolsita de cuero que guardaba el amuleto de la paz.
En cualquier otra noche, unas cuantas caricias a ese amuleto bastaban para aquietarle el corazón con una satisfacción callada. Pero esa noche, por alguna razón que no habría sabido decir, la caricia solo le revolvía más el ánimo, y durante largo rato no logró serenarse.
Una pesadez sin nombre se le fue juntando en el pecho, imposible de describir, y ya no pudo gobernar su propio temple. Todo su cuerpo andaba mal de salud; su sangre y su aliento empezaron a agitarse y hervir, y aun aquella extraña energía que había cultivado se removía e hinchaba, como forcejeando por soltarse.
«Desviación del qi»: las sombrías palabras cruzaron su mente, y un escalofrío le recorrió. Se levantó de la silla, respiró hondo y se obligó a sosegarse. El Doctor Mo estaba ahora fuera de casa; solo a Han Li le tocaba capear esta crisis.
Y sin embargo, seguía perplejo. ¿Por qué iba a desviársele el qi de pronto, sin causa alguna? Ahora no era momento de ahondar hasta la raíz del asunto, por cierto, pero solo aferrándose al verdadero origen de la perturbación podría asentar el problema de una vez por todas.
Han Li alzó la cabeza y dejó errar la mirada por el claro, a la caza de cualquier cosa fuera de lo común. No halló nada que llamara la atención.
Entonces pasó la mano derecha por la barbilla, y el codo dio contra algo abultado. Sin pensar, sus ojos cayeron sobre aquella cosa.
«Bolsita de cuero. Amuleto de la paz.» Las palabras le saltaron a la mente por sí solas.
«¿Habrá sido esto lo que ha urdido tan gran desgracia?» Han Li no podía estar seguro, pero no había tiempo para vacilar. El estado de su cuerpo empeoraba a cada momento; en cualquier instante podía perder del todo el dominio sobre sí mismo.
Con súbita resolución, Han Li asió la bolsita que colgaba de su cuello, soltando de un tirón el cordón, y la arrojó muy lejos con todas sus fuerzas.
«No—mi corazón se agrava aún, y el hervir de sangre y qi es todavía más violento.»
Con un esfuerzo volvió a reprimir los turbulentos remolinos de su interior, y fijó sus ojos inyectados en sangre, obstinados, sobre aquella bolsita de cuero, a la caza de la razón por la cual el asunto no hacía sino empeorar.